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viernes 27 de febrero de 2009

A propósito de la película “La duda”

Conversación entre Lucio Florio e Isidoro Alconada Sempé

1. Encuentro casual y diálogo a propósito de “La duda”.
Salimos del cine, después de ver “La duda”, el P. Lucio Florio e Isidoro Alconada Sempé y en la vereda intercambiamos nuestras primeras impresiones. Hay varias cosas que nos unen: nos conocemos desde hace muchísimos años, ambos somos creyentes y amantes del cine. La película tiene mucho material para discutir, y nos pusimos de acuerdo en intercambiar por mail nuestras opiniones, desde aquellas cosas que nos unen, sin temor a discrepar, y sin el propósito de agotar el debate.

La duda (Doubt, EE.UU./2008, color; hablada en inglés). Dirección: John Patrick Shanley. Con Meryl Streep, Philip Seymour Hoffman, Amy Adams, Viola Davis, Joseph Foster II. Guión: J. P. Shanley, sobre su obra teatral. Fotografía: Roger Deakins. Música: Howard Shore. Edición: Dylan Tichenor. Presentada por Buena Vista. 102 minutos. Apta para mayores de 13 años.

Aclaramos que Meryl Streep interpreta a la monja directora del Colegio, y Philip Seymour Hoffman al sacerdote rector. La monja joven es Amy Adams.

El primer sermón del cura invita a meditar sobre la duda.

Isidoro Alconada Sempé: El predicador (Philip Seymour Hoffman) afirma que el año anterior fue asesinado Kennedy (1963). Nos ubica temporalmente: corre el año 1964. El Concilio Vaticano II está en pleno desarrollo. La perspectiva que adopta el predicador es interesantísima: enuncia situaciones con capacidad para conmover a una nación (el asesinato de Kennedy, la gran depresión del 30, etc.). Tales situaciones nos llenan – dice- de sentimientos compartidos: angustia, desconcierto, desorientación. Compartidos y negativos.

Y señala que hay otras situaciones que me afectan en forma individual: la muerte de quién considero mi mejor amigo, la pérdida de mi trabajo, la duda que me carcome. Tales situaciones frecuentemente se afrontan – señala con razón- en soledad. Y la soledad agudiza la angustia y el dolor, y aumenta el daño sufrido. Todos experimentamos situaciones negativas y todos sufrimos alguna duda. El sermón invita a que busquemos a los otros, para compartir el peso de la cruz personal: sufriremos, pero ya no en soledad.

La monja directora del colegio (Meryl Streep) se pone en alerta frente al tema del sermón: ¿por qué el cura eligió este tema? ¿Quién duda? ¿El predicador duda? Y aunque no lo enuncia, el juicio moral adverso queda planteado: ¿tiene legitimidad moral para predicar quién duda de su fe o de su vocación?

La rigidez es sinónimo de falta de flexibilidad. Los edificios antisísmicos son los más flexibles. La flexibilidad es la que les permite mantenerse en pie cuando viene el terremoto. Las personas flexibles tienen más resistencia a la frustración que los rígidos. Porque no se permite dudar, en ningún momento otorga a los demás el beneficio de la duda. Y construye su juicio sobre prejuicios.

Quien se abraza a las certezas por él mismo construidas, quien construye sobre sí mismo, edifica sobre arena. Quien no deja lugar a Dios, no le permite entrar a nuestro corazón. ¿Qué puede Él decirnos si nosotros ya tenemos todas las respuestas?

Muchas veces las dudas son gemidos inefables, y son sembradas por Dios en nuestro corazón para que aceptemos nuestra impotencia y nos abramos a su omnipotente misericordia y a su Palabra sanadora. Y podamos así empezar a construir sobre roca.

Insisto en algo muy fuerte: en dos oportunidades, la monja directora (Meryl Streep) afirma que el combate contra el mal nos termina alejando de Dios. Fuimos hechos para Dios. No para alejarnos de Él. Si los medios que elegimos para luchar contra el mal nos alejan de Dios, tenemos que revisar la estrategia para cambiarla, y volver a Él, respondiendo a su permanente llamado.

Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia. Y la gracia, en este caso – como en muchos otros– toma forma de duda. A la monja directora la invade la duda. Y la angustia y la deja desolada. Porque construyó sobre sus propias certezas, cuando éstas se esfumaron, se vino abajo, y con ella, su ego, su rigidez, su soberbia. Creo que ella debe dejar actuar a la gracia, que se presenta como duda; sabiendo que ordinariamente la gracia actúa en el tiempo.

L.F.- Voy a afirmar algo que me ha parecido central para la interpretación de “La duda”, y es que no se trata de una película religiosa, aunque sus intérpretes sean un sacerdote y dos monjas y todo se desarrolle dentro de una escuela católica. Salvo por el contenido de los sermones no parece haber espacio para el misterio de Dios. Incluso el mismo tema de la duda que, en la homilía inicial podría ser entendida como duda de fe, termina transformándose en una cuestión moral: duda sobre el hecho cometido y sobre la culpabilidad o no del sacerdote. Como en un buen número de novelas y películas de los últimos tiempos, lo que interesa es la estructura eclesial, las debilidades de los hombres y mujeres de Iglesia –especialmente las ligadas al poder y al sexo- sin presentar aquello que justifica la existencia de que ciertos hombres y mujeres definan su vida en misiones ligadas a esta institución. En otras palabras: Dios brilla por su ausencia. Nietzsche, Freud y Foucault son los inspiradores de la hermenéutica de la vida eclesial de “La duda”. Echo de menos, en esta como en otras películas, los análisis de un Graham Greene, por ejemplo, quien sin minimizar jamás las debilidades de los creyentes (pensemos en el cura alcohólico y cobarde que huye hacia la frontera de México en “El poder y la gloria”), permite entrever el misterio de alguien trascendente que interviene misteriosamente incluso a través de personas y situaciones de extrema oscuridad moral.

Por esa razón, retomando lo que señalaste anteriormente, aunque al final la duda haga vacilar el edificio de certidumbres de la hermana Directora, queda pendiente el saber si eso la lleva a un encuentro con el Cristo crucificado que desmorona toda certeza humana desde su impotencia para dejar que Dios reconstruya desde “los infiernos” de la impotencia la condición humana y las certezas genuinas, o simplemente el final es el primer paso de una desazón y angustia psicológica que no permite una recuperación. Dicho de otro modo: ¿será esa crisis final una oportunidad para encontrarse con el Dios crucificado y el Padre misericordioso? ¿O, por el contrario, una ocasión para descender hacia un grado de desesperación que no conozca el piso de ninguna certeza?

I.A.S.- El final de la película es abierto. Y también te deja con la duda. Intuyo que en el fondo de todo pecado hay una falta de amor a Dios, alguna forma de deslealtad a Él.

Pedro y Judas. Uno lo negó tres veces y eso es una deslealtad, una falta de amor. El otro, lo traicionó y entregó, y es la deslealtad mayor. Uno se desespera y no confía en la eficacia de la gracia que – sin duda- le sería regalada de todos modos. Desespera del amor de Dios. El otro, Pedro, al ser interrogado tres veces, responde finalmente: “Señor, vos lo sabés todo, y sabés que te quiero”. Pedro no duda de la eficacia de la gracia, ni duda del amor de Cristo, y espera su misericordia.

Cada uno de nosotros, cuando desde lo profundo de la culpa clama al Señor, puede tratar de salir del pozo por sí mismo, y desesperar; o decir: “Señor, vos lo sabés todo, y sabés que te quiero. Vos sabés, Señor, de qué estoy hecho, sabés qué es la condición humana, y en vos deposito mi confianza; confío en tu amor y en tu misericordia”.

El Padre del hijo pródigo espera con ansias que emprendamos el camino de regreso a casa, para correr tiernamente a nuestro encuentro. Nuestros hijos deben siempre tener la certeza de que pueden volver a casa, no importa qué hayan hecho.

Vuelvo a la película: en la ternura del abrazo recibido, es probable que la Directora vuelva a confiar en el amor, con minúscula, y en cualquiera de sus formas, y en el Amor con mayúscula.

L.F.- Me llamó mucho la atención, en el primer sermón del cura, la idea de que un hecho catastrófico (como el asesinato de Kennedy) puede unirnos. Lo negativo como factor de unidad. La película nos hace pensar en esto: es cierto, las tragedias, a su modo, vinculan en la desazón. Pienso en “La peste”, de Albert Camus: la peste iguala. Obviamente, la lectura teológica puede aportar algo más: la peste, la tragedia, el mal, es ocasión para una intervención salvadora más profunda de parte de Dios. Me parece que el tema “ternura-severidad”, o “misericordia-ley” que la película plantea, lo pone de manifiesto.

I.A.S.- Hay catástrofes naturales (inundaciones) o imputables a los hombres (guerras) que despiertan la generosidad y la solidaridad de la gente. En nuestro caso, la Guerra de Malvinas nos hizo sentir momentáneamente más argentinos.

Tenés razón que el mal, en general, “es ocasión para una intervención salvadora más profunda de parte de Dios”. Suelo repetir, de modo informal, que en estos tiempos que corren, el Espíritu Santo hace horas extras en el mundo.

Pero también es cierto que en las catástrofes, nos inunda la impotencia, y naturalmente, volvemos los ojos a Dios y abrimos nuestro corazón a la acción de la gracia. También abrimos los ojos y el corazón hacia los demás.

Dios – causa primera- actúa a través de los hombres – causas segundas-. Hay un cuento muy pedagógico que hacen Landriscina y Menapace: un cura se queja a Dios por haberlo dejado morir ahogado, en una gran inundación, a pesar de que él había puesto su confianza en Él. La respuesta de Dios es categórica: “Te mandé – sucesivamente- una lancha, un gomón y un helicóptero, y rechazaste los tres”. Dios auxilió al cura del cuento a través de causas segundas, ordinarias; pero el hombre pretende lo extraordinario: que Dios personalmente venga a auxiliarlo.

También es cierto que en esas circunstancias límites suele aflorar, simultáneamente, lo mejor y lo peor del ser humano. Una conciencia pastoral – común a sacerdotes y a laicos- debería llevarnos a desarrollar en el tiempo una pedagogía para situaciones dolorosas: aprender a acompañar, cordialmente, aunque sea en silencio.

4. Dos dramas en contrapunto, y aún en conflicto.

I.A.S.- Hay un drama insinuado: un posible caso de pederastia que de por sí tiene un peso específico tal que puede absorber excluyente y morbosamente la atención.

Pero hay otras lecturas posibles. Aquel drama insinuado y posible, queda como fuera de foco. El menor – la posible víctima- ocupa un lugar secundario en el drama, relegado a ser casi un objeto y no un sujeto (salvo para la madre, sobre la cual volvemos más adelante).

El primer plano, en cambio, lo ocupa el conflicto entre la monja (Meryl Streep) y el cura (Philip Seymour Hoffman). La posible tragedia de la víctima es sólo un disparador del otro conflicto, que estaba esperando algo, cualquier cosa, para explotar.

Los dos protagonistas encarnan dos formas de vivir la fe, y de ser Iglesia. Y viven sus diferencias de un modo antagónico. La película plantea - tácitamente- un fuerte contraste entre el antes y el después del Concilio, que los protagonistas encarnan. A modo de nota al pie, anoto que la Iglesia, y cada uno de quiénes la componemos, estamos permanentemente llamados a la conversión, a la renovación.

La monja se erige en juez inapelable de la moral. Porque no se permite dudar, en ningún momento otorga a los demás el beneficio de la duda. Para ella sólo importa la moral, las reglas, las instituciones, aunque éstas hayan perdido vitalidad. Para ella, los derechos de la verdad están sobre todo y sobre todos. En dos oportunidades sostiene que en el empeño de combatir el mal, nos alejamos de Dios.

La monja encarna un modo de pensar, sentir y vivir preconciliar. El paraíso quedó en el pasado en tanto que el presente y el futuro prometen ser un infierno. Cualquier cambio, entonces, debe ser resistido. El mundo no es donde nacimos y vivimos y donde nos evangelizamos los unos a los otros. El mundo, para ella, es un lugar ajeno, distante, hostil; es el espacio donde reina el mal. Vitalmente no admite que Dios es el Señor de la historia y que podemos encontrarlo en los signos de los tiempos, en los gérmenes del Verbo presentes en el mundo.

Una imagen vale más que mil palabras: las comidas de las hermanas son patéticas. Es fácil imaginar que el purgatorio debe ser muy parecido a estar sentado ante esa mesa. Hay que hacer un esfuerzo para advertir algún signo de comunión entre quienes están llamadas a ser comunidad.

En cambio, la comida que el cura comparte con sus superiores jerárquicos está llena de fresca alegría. Santa Teresa de Jesús decía que no quería monjas tristes en sus conventos. Y no era un capricho. En esta segunda mesa es fácil imaginar que hay vínculos entre los comensales, que los une, al menos, la simpatía.

El cura tiene una actitud pastoral con quienes le han sido confiados: es capaz de conmoverse, de sentir conmiseración del otro; sale en busca de quiénes lo necesitan para establecer relaciones cordiales (de corazón). Busca evangelizar de un modo nuevo, nuevo en sus formas, en sus modos de expresión, en su ardor.

L.F.- Creo que hay una cuestión eclesiológica en el trasfondo de la película más allá de tus justas observaciones sobre el tiempo inmediatamente post-conciliar en el que se desarrolla, y es el hecho histórico que motiva la película y la manera de resolverlo. No sin alguna razón no puesta de manifiesto se sitúa la cuestión en esa época y no, por ejemplo, en las décadas siguientes, en las que se produjeron los hechos que costaron tantos dolores de cabeza y dólares a algunas diócesis norteamericanas. En los años ’60 todavía se puede jugar con una iglesia rígida y otra renovada con el concilio. ¿Sería pensable hoy una comunidad –educativa o parroquial- sin la intervención de otros agentes en una decisión como la planteada en la película?

I.A.S.- A propósito de otros agentes: desde un punto de vista, la pederastia es un pecado. Desde otro, una perversión; y ello llevaría a considerar un “enfermo” a quien la padece. Sin duda, victimario y víctima necesitan terapia para reparar el mal y los daños. Aún hoy a la víctima se la culpabiliza y termina ella misma sintiéndose culpable. El supuesto victimario debería ser destinado a un lugar donde resulte inocuo. Desde un tercer punto de vista es un delito penal.

L.F.- Un argumento contra-fáctico: ¿Qué habría sucedido en la Iglesia norteamericana si hubiese habido muchas madres superioras o laicos como Meryl Streep? Probablemente no se habrían producido los escándalos que tanto daño han hecho puertas adentro de las comunidades eclesiales -más allá obviamente del perjuicio económico. Es más, sin coincidir con el estilo de la superiora, noto en ella un coraje para abordar una problemática que muchos diluyeron hasta que se transformó en algo tan grande que Juan Pablo II tuvo que convocar a todos los cardenales norteamericanos a Roma para tratar exclusivamente ese problema. Convengamos que la solución prudente no puede ser la postura rígida de la superiora ni tampoco la meramente condenatoria desde los principios con castigos canónicos sólo después de haber sido llevados a tribunales civiles - tal como lo ha practicado la jerarquía eclesiástica en los últimos años. La respuesta de los pastores –ausentes prácticamente en la película, salvo por un ignoto “monseñor”- debería ser pedagógica y preventiva (no trasladar de parroquia en parroquia a los curas con problemas de cualquier índole, conducta que aparece en la película, que es común en la praxis de nuestras diócesis y que, incluso, fue uno de los elementos judiciales para condenar a algunas diócesis por sacerdotes que incurrieron en pederastia).

I.A.S.- Coincido con vos. Y el 99% de los espectadores va a convertir a la superiora en la heroína de la película. Las dudas de ella van a pasar a segundo plano. Hoy, hay muchísima gente proclive a los linchamientos reales o mediáticos.

5. Juzguemos a los personajes.

I.A.S.- El Evangelio nos enseña que no debemos juzgar, y menos condenar. Pero esto, que es válido para la vida, no nos ata frente a los personajes de ficción. En el cine, frente a una película, podemos y debemos preguntarnos qué está bien, qué está mal, cómo hubiéramos actuado nosotros, cómo se hubieran podido hacer mejor las cosas.

L.F.: Entre otras cosas, para eso sirve la ficción (novela, teatro, cine), para observar la vida humana a través del espejo de personajes que sin ser nosotros, sin embargo, nos reflejan.

I.A.S.: A esta altura del partido, Lucio, podés concluir que he tomado partido por el cura, en contra de la monja; y que creo en la inocencia de aquél. ¡No es así! Ella es responsable de los chicos confiados al cuidado de su congregación. Ante la sospecha de un abuso, ella tiene más de un deber: debe abrir una investigación y, sobre todo, debe hacerse cargo de los afectados por el posible drama. ¡Pero de otro modo! ¡No es un problema formal o ritual!

Pieper enseña que las verdaderas virtudes nacen de la caridad y hacia ella conducen. La misericordia, que es la forma más alta del amor, no excluye la justicia, pero la condiciona en su ejecución: la investigación puede y debe ser profundamente respetuosa del investigado, y centralmente, de la víctima. La búsqueda de la verdad no puede sacrificar ni al investigado ni a la víctima. Es necesario hacerse cargo de ambos. Como haría el Buen Pastor. Con compasión por el niño posiblemente dañado y por el adulto que posiblemente generó el daño.

Al cura le reprocho que no actuó como el Buen Pastor, y que cuando vio venir el peligro, huyó, dejando libradas a su suerte a las ovejas. Pero, ¿quién está en condiciones de tirar la primera piedra?

Dos líneas sobre la monja joven: está llena de ternura y porque se compadece mucho del otro, es muy influenciable. En su debilidad está su fortaleza: como el buen samaritano, se acerca a quién necesita apoyo, una palabra o un gesto de ternura.

L.F.- Que “…la gracia, en este caso – como en muchos otros- toma forma de duda” es una idea central. Es interesante que la monja joven esté instalada en las certezas de la fe, en el plano dogmático, pero con el optimismo sobre la condición humana en el plano existencial. La otra, en cambio, junto a la común instalación en el núcleo dogmático – no en el bíblico- mantiene una desconfianza radical sobre lo humano. Curiosamente, ambas tienen razón. Un Don Bosco, un Santo Tomás de Aquino, una Chiara Lubich, para poner algunos ejemplos, han afirmado la bondad natural del hombre o, al menos, la no herida irreversible del pecado, de modo tal de poder esperar una transformación de lo negativo. Hay una tradición fuerte de “optimismo” cristiano que está en la joven y, en parte, en la lectura de la primera década del post-concilio. La superiora, en cambio, adhiere a la visión más agustiniana, más luterana incluso, que subraya el aspecto tenebroso del ser humano, en el cual juega la gracia. Me parece que ambas antropologías teológicas están presentes en las dos monjas y, reflejan, al menos parcialmente, las visiones de la historia del pensamiento cristiano sobre el ser humano. Porque digamos que, aunque nos parezca más simpática la joven, la superiora no se sale de una cierta visión eclesial.

I.A.S.- Temperamento, carácter, historia personal: todo influye en la perspectiva de cada uno sobre la condición humana. El Evangelio dice que los viejos fueron los primeros en dejar las piedras que iban a tirar: el que mucho ha vivido, tiene mucho de que arrepentirse. Santo Domingo Savio o Santa Teresita del Niño Jesús, seguramente, tenían una visión angelical de la condición humana.

Te dije que la monja joven está llena de ternura, hablé por la positiva (me esfuerzo en ello), pero en la frase hay críticas veladas. En el Movimiento de Schoenstatt nos enseñaron acerca de la doble faz de la propia virtud: cada don, cada talento, es “reversible”, tiene luces y tiene sombras. Y cuanto más intensa la luz, más densa la sombra.

La monjita es tan influenciable que resulta lábil. La gracia convierte en fortaleza su debilidad. Pero su debilidad es muy fuerte: es testigo de que el cura llama a la rectoría al chico, de que éste vuelve conmovido, y de que el cura guarda la camiseta del chico en el ropero de aquél. Lo que ve la abruma, y se quiere sacar ese peso de encima. Se lo hace saber a la Directora no sólo por obediencia sino para transferirle la carga de la responsabilidad.

En varias oportunidades, cuando la Directora ejerce su responsabilidad (hagamos abstracción de la dureza o severidad), se apiada del cura. Recordá la escena final: la monjita vuelve de haber acompañado a su hermano (fue buena samaritana con él, pero al mismo tiempo abandonó a sus alumnos), y le pregunta por el cura. Su semblante denota que lamenta la dureza de la Directora, que ha logrado sacárselo de encima. Pero de inmediato se escandaliza expresamente cuando la Directora le cuenta que ha sido enviado y “ascendido” a otro colegio.

La monjita circunscribe su responsabilidad a la mínima expresión. Ella se saca el peso de encima. Y luego, no duda en hacer más difícil la responsabilidad de quién debe ejercer la autoridad.

Me hace acordar a la historia que relata “Harry, el sucio”: se le dan consignas a Clint Estwood con la secreta esperanza de que las viole. La responsabilidad siempre es del “sucio” de Harry, a quien haremos culpable del resultado, cualquiera fuera éste. Te pregunto y me pregunto: ¿cómo hubiera actuado la monjita si ella hubiera sido la Directora?

Lucio, decís que “la superiora no se sale de una cierta visión eclesial”. Creo que la monjita y el cura, tampoco. Hablo por mí: he visto muchos creyentes (sacerdotes, religiosos o laicos) como cada uno de ellos.

6. El tema “ternura-severidad”.

L.F.- Me interesa que, como laico, casado y padre de familia, reflexiones sobre un tema que resulta complejo para quienes, como los personajes de la película, no tienen un contacto inmediato con lo humano concreto, puesto que no tienen familia directa. Particularmente, me refiero a la cuestión de la ternura, en la película puesta en relación dialéctica con el apego al deber.

I.A.S.- La monja directora construye su prejuicio inconmovible sólo porque ella es testigo de un gesto de ternura del cura para con un chico. En el peor de los casos, es una situación no unívoca, que da margen a diversas interpretaciones. Pero a ella la ternura le parece reprobable en sí misma: en la mesa, mide excesivamente su colaboración a las monjas viejas.

Sin embargo, en la escena final, cuando ella se viene abajo, induce la realización de un gesto de ternura para consigo misma.

La ternura, ¿está bien o está mal? Porque somos espíritus encarnados los gestos de ternura son necesarios, y aún insustituibles. Y porque somos como somos, también es cierto que hay una carga potencial de riesgo en ellos. Pero, por otro lado, sin duda, la ausencia de ternura es realmente dañina.

El jardín de la escena final es, para la Directora, el huerto de los olivos: el lugar de las dudas. Y aún, el Gólgota: el lugar donde se experimenta el abandono de Dios. En ese momento de desolación abrumadora, ella empieza – sin darse cuenta- a abandonarse en las manos del Padre Nuestro, que nunca nos abandona.

7. El diálogo de la superiora con la madre del chico

I.A.S.- Fernando López en La Nación sostiene: “(…) el diálogo de la superiora con la madre del chico (Viola Davis, admirable), que conserva su poderosa intensidad, alienta el debate sobre la relatividad moral y sigue siendo el momento más provocativo de la obra”.

Intento un contrapunto. Antes del Concilio sosteníamos que los derechos de la Verdad, con mayúsculas, estaban por encima del hombre y de sus derechos. La búsqueda de la verdad llevaba a la intolerancia como virtud; y desde allí, a brusquedades, crispaciones, y aún, a situaciones de violencia. El Concilio pone en el centro al hombre y sus derechos. El hombre y los derechos del hombre están por encima de los derechos de la verdad. El hombre tiene derecho a buscar la verdad, aunque sea a tientas, con ensayos y errores. Y nadie - ni la Iglesia-, tiene derecho sobre el hombre para guiarlo – contra su libertad- hacia la verdad. Porque Dios, que nos ha creado sin nuestra voluntad, no quiere salvarnos contra nuestra voluntad.

La Directora quiere salir de la duda (que la angustia) y quiere llegar a la verdad de cualquier modo, aún recurriendo a la mentira para llegar a la verdad. No le importa qué precio debe pagar para alcanzarla: afirma que está dispuesta a echar al chico del colegio, a quién dice proteger, para alcanzar la verdad, y con ella, aplicar el castigo al cura.

La madre del chico, en cambio, sólo piensa en el chico, en su futuro y su felicidad. O sea, en el hombre y en sus derechos. Creo que no hace un alegato a favor de la relatividad moral. Hace un juicio ético complejo, inspirado por su amor a su hijo: tiene en cuenta las circunstancias del caso, de tiempo, modo y lugar: la naturaleza del chico (tema que insinúa y que por amor al hijo, no desarrolla), el padre exigente y posiblemente golpeador, la fecha en la que puede ingresar a un colegio que le abra un futuro más promisorio a su hijo, etc.; y los medios que tiene a su alcance, y los medios que le resultan inalcanzables.

Cierra el debate con una claridad magnífica: “Yo voy a estar del lado de mi hijo. Espero que Usted también”.

L.F.- Esa escena es muy conmovedora. La madre del niño –que es de raza negra, lo cual agrega una nota de postergación- sintetiza también la responsabilidad de instituciones: no sólo tienen que dar oportunidades educativas sino también promover el pensamiento crítico de alumnos y padres. Tomado en el contexto de la película, la directora termina optando por el niño: es preferible que se vaya el sacerdote sospechado y no que se arruine el futuro del alumno. La severa, la intransigente y la más antipática de la historia, termina optando por el más débil.

Esto, naturalmente, en un proceso de discernimiento ambiguo, en el que no hubo verdaderamente ni acusación objetiva ni defensa legítima.

8. La duda es el nombre de la película, y es el núcleo del drama.

I.A.S.- El final nos anoticia que la duda se ha instalado con fuerza sobre todos los participantes. Y desde ellos, se contagia a los espectadores. La película nos brinda elementos para convencernos que el cura es inocente, y también, para creer que el cura es culpable. La película ha querido instalarnos en la duda, y dejarnos ahí.

No para que cada uno juzgue y condene a diestra y siniestra. Nos instala en la duda para que reflexionemos, meditemos y ganemos en comprensión de cada uno: de la Directora, de la madre, de la monjita joven, del cura, del chico. Y de nosotros mismos.

1 comentarios:

nandibu dijo...

increible analisis! muy bien hecho!