

El Osservatore Romano del 30 de mayo pasado publica el texto de un decreto general de
Se verificaron algunos casos, pero hay que aclarar enseguida que, para
mental y única es clara:
Giuseppe De Rosa (Roma)
Reflexiones sobre el lugar de la mujer en la Iglesia
Por Gustavo Irrazábal (Buenos Aires)
La reciente publicación por parte de esta revista de un artículo sobre el problema del sacerdocio femenino ha suscitado perplejidad en algunos lectores, quienes han manifestado su abierto desacuerdo con la posición adoptada por el autor de dicha colaboración. Y no es de extrañar que cosas parecidas sucedan cada vez que se discute este tema, el cual reúne todos los elementos necesarios para una “tormenta perfecta”.
Se trata de una cuestión zanjada por una declaración definitiva del magisterio, pero que sigue siendo objeto de un áspero debate: la imagen de una sacerdotisa católica provoca profundas resistencias culturales y afectivas, y al mismo tiempo parece ser un paso obvio en el camino de la emancipación de la mujer y su equiparación con el varón en todos los ámbitos de la vida social.
Volver sobre ello, sin embargo, no significa necesariamente reavivar la polémica. Por el contrario, el análisis de las razones que han llevado al magisterio a rechazar de plano esta posibilidad puede aportarnos elementos para trascender el debate puntual y encarar una cuestión mucho más amplia y urgente: el lugar de la mujer en la sociedad civil y en
Una breve historia
A lo largo de sus dos milenios de vida, la Iglesia rechazó taxativamente la posibilidad del sacerdocio femenino. Para ello, el factor decisivo fue, indudablemente, el hecho de que Jesús eligiera sólo varones para conformar el grupo de los “Doce”, aunque también influyó la circunstancia de que fueran siempre sectas gnósticas las que propugnaran la ordenación femenina. Mientras tuvo vigencia una cultura patriarcal en la cual las mujeres, entre otras restricciones, eran incapaces de desempeñar cargos públicos, esta praxis permaneció incuestionada. Sin embargo, las condiciones culturales cambiarían dramáticamente con el proceso moderno de emancipación de la mujer.
El Concilio Vaticano II, al dar nuevo relieve al “sacerdocio universal” de los fieles en virtud del bautismo, y al proponer una visión más “funcional” del ministerio (visto ya no tanto como un “ser” sino sobre todo como un “actuar” in persona Christi), generó las condiciones para que la ordenación femenina se transformara en un tema candente dentro del ámbito católico, como estaba sucediendo en las Iglesias evangélicas desde hacía décadas.
En respuesta a una carta en la que el arzobispo anglicano de Cantórbery comunicaba a Pablo VI que
- Jesús no confió a ninguna mujer el ministerio apostólico. Esto no se debe simplemente a que Jesús fuera “hijo de su época”, ya que su conducta hacia la mujer había roto muchos convencionalismos de su ambiente.
- La misma actitud adoptaron los apóstoles. Aunque María estuviera presente, y sin duda en un lugar privilegiado, en las reuniones en el Cenáculo después de la Ascensión del Señor, el lugar dejado vacante por Judas fue provisto con la elección de un varón. San Pablo tampoco elige mujeres para el ministerio. Cuando habla de “colaboradores suyos” (Rom 16,3) se refiere indistintamente a hombres y mujeres; cuando habla de “colaboradores de Dios” (1 Cor 3,9), se refiere sólo a hombres.
- A su vez, la Iglesia primitiva, si bien se había encontrado, en el ámbito helenístico, con cultos paganos desempeñados por sacerdotisas, y hubiera podido adaptarse a esta realidad cultural, no lo hizo.
A los argumentos de
Además, la Revelación está atravesada por el simbolismo nupcial. Dios es el “esposo” de Israel; Cristo es el “esposo” de
El documento mencionado, sin embargo, no logró aplacar
Debe entenderse bien que no se trata de un “derecho” del varón sino de una capacidad, que no deriva del bautismo sino del don gratuito de Dios, que no implica superioridad alguna sino consagración al servicio, y que no es fuente de mayores derechos que quiebren la igualdad fundamental entre los fieles, la cual consiste en una igualdad en dignidad y acción y no en una identidad de funciones. “El único carisma superior que debe ser apetecido es la caridad”.[iv]
La visión sacramental de la realidad
Esbozados muy brevemente los datos fundamentales del tema, me parece útil profundizar ulteriormente la argumentación teológica a la que aludimos con anterioridad, y que tiene su fuente en lo que podemos denominar “la visión sacramental de la realidad”[v].
La sexualidad, el modo de ser varón o mujer, no es simplemente una realidad biológica, sino que incluye “las notas características que constituyen a las personas, como hombres y mujeres en el plano biológico, psicológico y espiritual”.[vi] La psicología profunda nos ilustra acerca de cómo el varón y la mujer expresan aspectos profundos y complementarios del ser humano. En la mujer se hace presente el “elemento simbiótico”, es decir, el hecho de que el ser humano nace a la vida en un estado de unión fusional con la madre y anhela constantemente el retorno a esa unidad primitiva. En cambio, con el varón irrumpe en la vida del niño el “elemento de alteridad”, que quiebra esa unidad originaria, simbiótica, y lo proyecta hacia el mundo, de donde surge la posibilidad de vincularse a los otros en tanto que otros. Simbiosis y alteridad están presentes, a modo de énfasis, en la base del ser mujer o varón, más allá de sus expresiones sociales y culturales, y en su tensión recíproca abren el horizonte de las relaciones auténticamente humanas, caracterizadas por la capacidad conjunta de intimidad y auto-trascendencia.
Ahora bien, si consideramos el acontecimiento salvífico desde esta perspectiva simbólica implícita en la sexualidad, el hecho de que el Hijo de Dios sea varón no puede atribuirse simplemente a una inculturación de
Es significativo que sean precisamente las religiones que propugnan una relación simbiótica con la divinidad (por ej., los cultos de la fertilidad) las que tengan sacerdotisas a cargo del culto, mientras que aquellas religiones que enfatizan la trascendencia de Dios cuenten sólo con sacerdotes masculinos. Entre estos extremos, la fe cristiana, de algún modo, ocupa un lugar intermedio, en cuanto el ministro varón hace visible la trascendencia de la salvación que viene “desde fuera”, mientras que la figura de la Iglesia como mujer, Esposa de Cristo y Madre de los creyentes, expresa el llamado a la unión e intimidad con Dios.
El simbolismo matrimonial formulado por San Pablo en
Una perspectiva necesaria
Por supuesto que no estamos ante argumentos apodícticos. A ello se suma otra dificultad: no es sencillo para la cultura occidental contemporánea, tan marcada por la mentalidad científica, acceder a una comprensión adecuada de este tejido de referencias simbólicas (aunque no carece de sustento científico). Sin embargo, debemos evitar la tentación de fáciles “aggiornamenti” que nos lleven a dejar de lado esta perspectiva, sin la cual algunos fenómenos sociales no pueden ser entendidos en su verdadera profundidad.
Es sugestivo que la reivindicación a favor del sacerdocio femenino se desarrolle principalmente en Europa occidental y en los Estados Unidos, es decir, en sociedades donde las tendencias igualitarias se asocian a un pensamiento que tiende a reducir la sexualidad a su dimensión estrictamente biológica, minimizando la diferencia entre los sexos y uniformando sus roles.
Como ha señalado agudamente von Balthasar, detrás de esa pretendida “asexualidad” late un ideal único de signo “masculino”, determinado por el rendimiento, la voluntad de poder y la búsqueda exclusiva de la autorrealización individual.[viii] Me atrevo a agregar que esta “asexualidad” también encubre una apelación de signo “femenino”, en el sentido degradado de una “masculinidad” y una “feminidad” que no se complementan y equilibran entre sí. Me refiero a la ausencia notoria de la figura masculina en la educación, entendida como presencia de la autoridad, la ley, la exigencia y el mérito, lo cual estimula la tendencia “simbiótica” a vivir en la fantasía de un universo sin límites, regido por el placer y por la propia veleidad.
Fenómenos como los mencionados deben hacernos comprender que “la cuestión acerca de lo específico del ser varón o de lo específico del ser mujer –con total independencia del problema de la ordenación de la mujer- es una de las cuestiones decisivas del momento actual”[ix]. Y por ello mismo, parecería sumamente contraproducente, en este contexto cultural preciso, admitir el sacerdocio femenino, ya que más allá de las buenas intenciones que pudieran inspirar esa medida, objetivamente no podría sino reforzar la tendencia a la equiparación indiscriminada entre los sexos.
La mujer en la Iglesia
En el trasfondo de la discusión sobre el sacerdocio femenino se encuentra también el problema más específico del rol de la mujer en
Ello implica que, sin otro requisito que su idoneidad, los laicos varones y mujeres tienen la capacidad (no derecho) de ser llamados por los sagrados Pastores para desempeñar oficios eclesiásticos y encargos. En este sentido, según el ordenamiento canónico, los laicos pueden participar a título consultivo, a nivel de
Además de estas funciones propias, los laicos pueden ejercer funciones de suplencia de clérigos ante situaciones de necesidad, como la cura pastoral de parroquias, el ministerio de la palabra, la presidencia de oraciones litúrgicas, la administración de bautismos, la distribución de la comunión, la asistencia a matrimonios, la administración de sacramentales, etc. En relación con el anuncio de
Ante este panorama, una pregunta se impone: ¿se aprovechan plenamente estas posibilidades para instaurar una igualdad efectiva entre varones y mujeres en el seno de
Como puede apreciarse, la decisión definitiva del magisterio acerca del sacerdocio femenino puede convertirse en una oportunidad, si en vez de empantanarnos en este debate puntual, encaramos un diálogo eclesial valiente y abierto sobre algo de mucho mayor alcance y urgencia: cómo dar al carisma femenino, en los hechos, el lugar que le corresponde. Ello produciría, sin duda, transformaciones importantes en el modo de pensar, en el estilo y en la praxis eclesial en todos los órdenes, y permitiría a los creyentes “descubrir de nuevo el verdadero rostro de la Iglesia”[xv], que todavía sigue apareciendo a muchos, y con bastante razón, “una iglesia de varones”.
El autor es doctor en Teología Moral, profesor de
[i] Pablo VI, Carta al Arzobispo de Cantórbery, 30 de noviembre de 1975, AAS 68 (1976) 599-601.
[ii] Esta misma argumentación es confirmada y desarrollada en Juan Pablo II, Mulieris dignitatem, 15 de agosto de 1988, n.23ss.
[iii] Communicatio 27 (1995) 212.
[iv] Inter insigniores 39.
[v] Sigo de cerca la reflexión de G. Greshake, Ser sacerdote hoy, Salamanca, Sígueme, 2003, 192-208.
[vi] Congregación para
[vii] El texto de Efesios es comentado extensivamente en Mulieris dignitatem 23-27.
[viii] H. U. von Balthasar, Neue Klarstellungen, Einsiedeln 1979, 111, citado por G. Greshake, op.cit., 204.
[ix] Ibidem.
[x] “(A)nte Cristo y ante
[xi] Una exposición de las mismas puede verse en A. Bunge, “Varón y mujer, ¿igualdad de derechos?”, Anuario argentino de Derecho Canónico VIII (2001). Para el aspecto canónico me baso en este excelente estudio.
[xii] La evolución hacia una visión más igualitaria en el rol de los géneros puede apreciarse en Juan Pablo II, Familiaris consortio, 23-24.
[xiii] Ch. Curran, Catholic Social Teaching, 1981 – present. A Historical, Theological and Ethical Analysis,
[xiv] Familiares consortio 23.2.
[xv] Inter insigniores 40.
"La Prensa y el Poder en la Argentina"
Con la coordinación de la periodista Luisa Valmaggia,
hablarán sobre el tema "Prensa y Poder" los periodistas:
Magdalena Ruiz Guiñazú y José Ignacio López
Miércoles 27 de agosto a las 20.00 en el Colegio Carmen Arriola de Marín (Av. del
Libertador 17.115, San Isidro) - Entrada gratuita
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