NUEVO SITIO WEB DE CRITERIO

Estimados Lectores,

Nos complace informarles que ya hemos puesto en línea la nueva web de Criterio, en la que todas las notas tienen la opción de dejar comentarios e iniciar debates. Esto permitirá que tengamos nuestra revista y el blog en un único espacio digital, y es por ello que no necesitaremos más de este Blog. Poco a poco podrán ver todas las notas de este Blog y de la Revista Criterio, en
www.revistacriterio.com.ar.

Los esperamos allí.

(Este Blog será dado de baja en los próximos días)

viernes 29 de agosto de 2008

Conferencia sobre Prensa y Poder (27/08/08)

Algunas imágenes de la última conferencia de Espacio Criterio, realizada el pasado 27 de agosto en el Colegio Marín, de San Isidro, y que contó con la presencia de Magdalena Ruiz Guiñazú, Luisa Valmaggia y José Ignacio López.





martes 26 de agosto de 2008

Hojear Criterio de Agosto


Haga clic en los extremos de las páginas, o en las flechas, debajo de la ilustración de la tapa y podrá hojear el último número de Criterio.

martes 19 de agosto de 2008

Piden excomunión para quien “ordene” mujeres

El Osservatore Romano del 30 de mayo pasado publica el texto de un decreto general de la Congregación para la doctrina de la fe, según el cual “tanto quien haya intentado conferir el Orden sagrado a una mujer, como la mujer que haya intentado recibirlo, incurre en la excomunión latae sententiae, reservada a la Sede apostólica”, la forma más severa. Tal decreto, emanado “para tutelar la naturaleza y la validez del sacramento del Orden sagrado, entra inmediatamente en vigor desde el momento de su publicación”.

En el Osservatore Romano del 1º de junio de 2008, el arzobispo monseñor Angelo Amato, entonces secretario para la Congregación de la doctrina de la fe, expresó que tal decreto se había vuelto necesario porque “hubo episodios aislados de las así llamadas ordenaciones de mujeres en varias regiones del mundo. Además, el decreto general constituye un instrumento de ayuda para que los obispos puedan asegurar una respuesta uniforme en toda la Iglesia frente a estas situaciones”.

Se verificaron algunos casos, pero hay que aclarar enseguida que, para la Iglesia católica, no se trata de ordenaciones: son inválidas, es decir, nulas. En efecto, la disciplina canónica de la Iglesia afirma que “recibe con validez la sagrada ordenación exclusivamente el bautizado de sexo masculino” (can. 1024). ¿Por qué solamente los hombres pueden recibir las órdenes sagradas? La razón fundamental y única es clara: la Iglesia católica no se considera autorizada para cambiar la voluntad de su fundador, Jesucristo. En la participación de la vida y de la misión de la Iglesia, la mujer no puede recibir el sacramento del Orden y, por lo tanto, no puede cumplir las funciones propias del sacerdocio ministerial. Se trata de una disposición permanentemente renovada por la Iglesia a partir de la voluntad precisa, libre y soberana de Jesucristo, que sólo llamó a varones como apóstoles suyos. La Iglesia se reconoce, entonces, sujeta por esta opción realizada por el mismo Señor. Por este motivo, no es posible la ordenación sacerdotal de las mujeres. La Iglesia y su Magisterio no tienen autoridad a partir de sí mismos, sino sólo a partir del Señor. “La excomunión latae sententiae significa fundamentalmente que se trata de una excomunión automática, ipso facto. Por otra parte, la excomunión le impide al excomunicado (can.1331) tomar parte como ministro de la celebración del sacrificio eucarístico y de cualquier otra ceremonia de culto público; celebrar sacramentos o sacramentales y recibir sacramentos; ejercer funciones o cargos eclesiales de cualquier tipo y cumplir con actos de gobierno. Se trata de una forma de excomunión reservada a la Santa Sede, que puede ser levantada cuando las personas interesadas demuestran sincero arrepentimiento y se comprometen a seguir la doctrina y la disciplina de la Iglesia. La excomunión es una pena de carácter medicinal, que invita a la reconsideración, la conversión y la reparación del escándalo, ya que se trató de un hecho público”.

Giuseppe De Rosa (Roma)

Reflexiones sobre el lugar de la mujer en la Iglesia

Reflexiones sobre el lugar de la mujer en la Iglesia

Por Gustavo Irrazábal (Buenos Aires)

La reciente publicación por parte de esta revista de un artículo sobre el problema del sacerdocio femenino ha suscitado perplejidad en algunos lectores, quienes han manifestado su abierto desacuerdo con la posición adoptada por el autor de dicha colaboración. Y no es de extrañar que cosas parecidas sucedan cada vez que se discute este tema, el cual reúne todos los elementos necesarios para una “tormenta perfecta”.

Se trata de una cuestión zanjada por una declaración definitiva del magisterio, pero que sigue siendo objeto de un áspero debate: la imagen de una sacerdotisa católica provoca profundas resistencias culturales y afectivas, y al mismo tiempo parece ser un paso obvio en el camino de la emancipación de la mujer y su equiparación con el varón en todos los ámbitos de la vida social.

Volver sobre ello, sin embargo, no significa necesariamente reavivar la polémica. Por el contrario, el análisis de las razones que han llevado al magisterio a rechazar de plano esta posibilidad puede aportarnos elementos para trascender el debate puntual y encarar una cuestión mucho más amplia y urgente: el lugar de la mujer en la sociedad civil y en la Iglesia.

Una breve historia

A lo largo de sus dos milenios de vida, la Iglesia rechazó taxativamente la posibilidad del sacerdocio femenino. Para ello, el factor decisivo fue, indudablemente, el hecho de que Jesús eligiera sólo varones para conformar el grupo de los “Doce”, aunque también influyó la circunstancia de que fueran siempre sectas gnósticas las que propugnaran la ordenación femenina. Mientras tuvo vigencia una cultura patriarcal en la cual las mujeres, entre otras restricciones, eran incapaces de desempeñar cargos públicos, esta praxis permaneció incuestionada. Sin embargo, las condiciones culturales cambiarían dramáticamente con el proceso moderno de emancipación de la mujer.

El Concilio Vaticano II, al dar nuevo relieve al “sacerdocio universal” de los fieles en virtud del bautismo, y al proponer una visión más “funcional” del ministerio (visto ya no tanto como un “ser” sino sobre todo como un “actuar” in persona Christi), generó las condiciones para que la ordenación femenina se transformara en un tema candente dentro del ámbito católico, como estaba sucediendo en las Iglesias evangélicas desde hacía décadas.

En respuesta a una carta en la que el arzobispo anglicano de Cantórbery comunicaba a Pablo VI que la Iglesia anglicana no veía obstáculos fundamentales para la ordenación de las mujeres, el Papa respondió que ello significaría un grave escollo en el camino del ecumenismo, alegando razones derivadas de la Escritura, la Tradición y el Magisterio.[i] En 1977, la Congregación romana para la doctrina de la fe, con la aprobación de Pablo VI, publicó el documento Inter insigniores. El mismo, aun reconociendo la evolución positiva del rol de la mujer en la sociedad moderna, reafirmó los argumentos tradicionales:

- Jesús no confió a ninguna mujer el ministerio apostólico. Esto no se debe simplemente a que Jesús fuera “hijo de su época”, ya que su conducta hacia la mujer había roto muchos convencionalismos de su ambiente.

- La misma actitud adoptaron los apóstoles. Aunque María estuviera presente, y sin duda en un lugar privilegiado, en las reuniones en el Cenáculo después de la Ascensión del Señor, el lugar dejado vacante por Judas fue provisto con la elección de un varón. San Pablo tampoco elige mujeres para el ministerio. Cuando habla de “colaboradores suyos” (Rom 16,3) se refiere indistintamente a hombres y mujeres; cuando habla de “colaboradores de Dios” (1 Cor 3,9), se refiere sólo a hombres.

- A su vez, la Iglesia primitiva, si bien se había encontrado, en el ámbito helenístico, con cultos paganos desempeñados por sacerdotisas, y hubiera podido adaptarse a esta realidad cultural, no lo hizo.

A los argumentos de la S. Escritura y de la tradición, el documento agrega, sin pretensión demostrativa, uno extraído de la reflexión teológica. Los signos sacramentales tienen la función de simbolizar los acontecimientos fundacionales de nuestra fe y al mismo Cristo. Por ello, sacerdocio ministerial no es un mero servicio pastoral: el obispo o el presbítero actúan representando a Cristo (in persona Christi). En la Eucaristía el sacerdote actúa no sólo en virtud de la eficacia que le confiere Cristo, sino haciendo las veces de Cristo, hasta el punto de ser su imagen misma cuando pronuncia las palabras de la consagración. El sacerdote es un signo, y ese signo debe ser perceptible a los hombres según las leyes de la psicología humana, y en base a una semejanza natural. Por ello, sólo puede representar a Cristo, que de hecho es varón, un sacerdote varón. De lo contrario, difícilmente podría verse en el ministro la imagen de Cristo.

Además, la Revelación está atravesada por el simbolismo nupcial. Dios es el “esposo” de Israel; Cristo es el “esposo” de la Iglesia. También por esto Cristo debe ser varón, y el ser varón de Cristo debe estar representado sacramentalmente si se quiere preservar el modo concreto en que Dios ha querido revelarnos su Misterio[ii].

El documento mencionado, sin embargo, no logró aplacar la polémica. El 22 de abril de 1994, Juan Pablo II publicó la carta apostólica Ordinatio sacerdotalis, en la cual confirma las conclusiones del documento anterior declarando en forma solemne “que la Iglesia no tiene ninguna potestad para administrar a mujeres la ordenación sacerdotal, y que todos los fieles de la Iglesia tienen que atenerse definitivamente a esta decisión”. A la consulta posterior acerca del grado de obligatoriedad de esta decisión pontificia, la Congregación para la doctrina de la fe respondió que esta doctrina “ha sido propuesta de manera infalible por el Magisterio ordinario y universal de la Iglesia”.[iii] Por lo tanto, aunque no constituya una doctrina formalmente revelada, es necesaria para guardar y exponer el depósito de la fe y, consiguientemente, exige un asenso firme y definitivo.

Debe entenderse bien que no se trata de un “derecho” del varón sino de una capacidad, que no deriva del bautismo sino del don gratuito de Dios, que no implica superioridad alguna sino consagración al servicio, y que no es fuente de mayores derechos que quiebren la igualdad fundamental entre los fieles, la cual consiste en una igualdad en dignidad y acción y no en una identidad de funciones. “El único carisma superior que debe ser apetecido es la caridad”.[iv]

La visión sacramental de la realidad

Esbozados muy brevemente los datos fundamentales del tema, me parece útil profundizar ulteriormente la argumentación teológica a la que aludimos con anterioridad, y que tiene su fuente en lo que podemos denominar “la visión sacramental de la realidad”[v].

La sexualidad, el modo de ser varón o mujer, no es simplemente una realidad biológica, sino que incluye “las notas características que constituyen a las personas, como hombres y mujeres en el plano biológico, psicológico y espiritual”.[vi] La psicología profunda nos ilustra acerca de cómo el varón y la mujer expresan aspectos profundos y complementarios del ser humano. En la mujer se hace presente el “elemento simbiótico”, es decir, el hecho de que el ser humano nace a la vida en un estado de unión fusional con la madre y anhela constantemente el retorno a esa unidad primitiva. En cambio, con el varón irrumpe en la vida del niño el “elemento de alteridad”, que quiebra esa unidad originaria, simbiótica, y lo proyecta hacia el mundo, de donde surge la posibilidad de vincularse a los otros en tanto que otros. Simbiosis y alteridad están presentes, a modo de énfasis, en la base del ser mujer o varón, más allá de sus expresiones sociales y culturales, y en su tensión recíproca abren el horizonte de las relaciones auténticamente humanas, caracterizadas por la capacidad conjunta de intimidad y auto-trascendencia.

Ahora bien, si consideramos el acontecimiento salvífico desde esta perspectiva simbólica implícita en la sexualidad, el hecho de que el Hijo de Dios sea varón no puede atribuirse simplemente a una inculturación de la Palabra, sino que constituye la expresión de la “alteridad” de Dios, su trascendencia respecto de este mundo. Por su parte, el hecho de que la creación, y más precisamente la Iglesia, sea mujer, la “esposa” de Cristo, es signo de su vocación a la unidad con Dios. Si faltara la nota de alteridad en Dios, éste se confundiría con el mundo. Pero si Dios fuera sólo alteridad, no habría posibilidad de auténtica comunión de vida con él. Sin la tensión y complementariedad entre alteridad y simbiosis, expresadas en el ser varón de Cristo y el ser mujer de la Iglesia, la salvación concebida en términos cristianos sería impensable.

Es significativo que sean precisamente las religiones que propugnan una relación simbiótica con la divinidad (por ej., los cultos de la fertilidad) las que tengan sacerdotisas a cargo del culto, mientras que aquellas religiones que enfatizan la trascendencia de Dios cuenten sólo con sacerdotes masculinos. Entre estos extremos, la fe cristiana, de algún modo, ocupa un lugar intermedio, en cuanto el ministro varón hace visible la trascendencia de la salvación que viene “desde fuera”, mientras que la figura de la Iglesia como mujer, Esposa de Cristo y Madre de los creyentes, expresa el llamado a la unión e intimidad con Dios.

El simbolismo matrimonial formulado por San Pablo en la Carta a los Efesios está en esta misma línea. Refiriéndose a la relación entre el esposo y la esposa, exclama: “Este es un gran misterio, y yo digo que se refiere a Cristo y a la Iglesia” (5,32). Si la unión entre el varón y la mujer puede ser expresión del amor de Dios por su Pueblo (AT) y de Cristo por su Iglesia (NT), no es por pura proyección subjetiva del creyente, o una interpretación mística que se sobreañade, sino por una objetiva virtualidad simbólica de dicha unión.[vii]

Una perspectiva necesaria

Por supuesto que no estamos ante argumentos apodícticos. A ello se suma otra dificultad: no es sencillo para la cultura occidental contemporánea, tan marcada por la mentalidad científica, acceder a una comprensión adecuada de este tejido de referencias simbólicas (aunque no carece de sustento científico). Sin embargo, debemos evitar la tentación de fáciles “aggiornamenti” que nos lleven a dejar de lado esta perspectiva, sin la cual algunos fenómenos sociales no pueden ser entendidos en su verdadera profundidad.

Es sugestivo que la reivindicación a favor del sacerdocio femenino se desarrolle principalmente en Europa occidental y en los Estados Unidos, es decir, en sociedades donde las tendencias igualitarias se asocian a un pensamiento que tiende a reducir la sexualidad a su dimensión estrictamente biológica, minimizando la diferencia entre los sexos y uniformando sus roles.

Como ha señalado agudamente von Balthasar, detrás de esa pretendida “asexualidad” late un ideal único de signo “masculino”, determinado por el rendimiento, la voluntad de poder y la búsqueda exclusiva de la autorrealización individual.[viii] Me atrevo a agregar que esta “asexualidad” también encubre una apelación de signo “femenino”, en el sentido degradado de una “masculinidad” y una “feminidad” que no se complementan y equilibran entre sí. Me refiero a la ausencia notoria de la figura masculina en la educación, entendida como presencia de la autoridad, la ley, la exigencia y el mérito, lo cual estimula la tendencia “simbiótica” a vivir en la fantasía de un universo sin límites, regido por el placer y por la propia veleidad.

Fenómenos como los mencionados deben hacernos comprender que “la cuestión acerca de lo específico del ser varón o de lo específico del ser mujer –con total independencia del problema de la ordenación de la mujer- es una de las cuestiones decisivas del momento actual”[ix]. Y por ello mismo, parecería sumamente contraproducente, en este contexto cultural preciso, admitir el sacerdocio femenino, ya que más allá de las buenas intenciones que pudieran inspirar esa medida, objetivamente no podría sino reforzar la tendencia a la equiparación indiscriminada entre los sexos.

La mujer en la Iglesia

En el trasfondo de la discusión sobre el sacerdocio femenino se encuentra también el problema más específico del rol de la mujer en la Iglesia. Inter insigniores alude a los progresos en este campo, que han permitido a las mujeres tener una mayor presencia en el apostolado, en organismos de reflexión pastoral, e incluso en organismos de trabajo de la Sede Apostólica. Es fácilmente comprobable el giro positivo que ha tenido la Iglesia católica en este tema desde el Concilio Vaticano II[x] y el nuevo Código de Derecho Canónico de 1983, que eliminó las irritantes diferencias que persistían en el Código anterior de 1917.[xi] En virtud de su condición de bautizados todos los fieles tienen los mismos derechos y deberes “teniendo en cuenta la condición de cada uno” (can.96). Los fieles laicos, varones y mujeres tienen, además, las obligaciones y derechos derivados de su condición de tales (can.224).

Ello implica que, sin otro requisito que su idoneidad, los laicos varones y mujeres tienen la capacidad (no derecho) de ser llamados por los sagrados Pastores para desempeñar oficios eclesiásticos y encargos. En este sentido, según el ordenamiento canónico, los laicos pueden participar a título consultivo, a nivel de la Iglesia universal, en concilios ecuménicos, pueden ser oficiales en dicasterios de la Curia romana (particularmente, en el Pontificio Consejo para los laicos y el Pontificio Consejo para la Familia), e incluso, al menos en teoría, ser nombrados como legados pontificios. En el ámbito de la Iglesia particular, pueden participar con voto consultivo en concilios particulares y en sínodos diocesanos; pueden ocupar cargos en consejos diocesanos de asuntos económicos y consejos pastorales (y lo mismo, obviamente, en las parroquias); pueden desempeñar los cargos diocesanos de ecónomo, canciller, vicecanciller, notario, etc. En cuanto a la potestad judicial, los laicos pueden desempeñar casi todos los oficios, desde peritos, defensores del vínculo, ponentes, auditores, hasta jueces, tanto en tribunales diocesanos como interdiocesanos.

Además de estas funciones propias, los laicos pueden ejercer funciones de suplencia de clérigos ante situaciones de necesidad, como la cura pastoral de parroquias, el ministerio de la palabra, la presidencia de oraciones litúrgicas, la administración de bautismos, la distribución de la comunión, la asistencia a matrimonios, la administración de sacramentales, etc. En relación con el anuncio de la Palabra, pueden colaborar con obispos y presbíteros como catequistas, misioneros, etc. En cuanto a los ministerios y funciones litúrgicas, y fuera del tema ya tratado del sacerdocio, hoy es posible para laicos de ambos sexos participar en el servicio del altar. Sólo los ministerios laicales de lector y acólito están reservados a varones, por motivos poco claros.

Ante este panorama, una pregunta se impone: ¿se aprovechan plenamente estas posibilidades para instaurar una igualdad efectiva entre varones y mujeres en el seno de la Iglesia? Es preciso reconocer que, en esta cuestión, el retraso respecto de la sociedad civil puede medirse en décadas. Por cuestiones de espacio sólo podemos dejar planteados algunos interrogantes. Ciertamente, se verifica en los documentos del Magisterio un avance notable en la percepción de la situación de la mujer en la sociedad y las ofensas a su dignidad,[xii] pero, ¿se le “da la palabra” a la mujer en ellos?[xiii] La formación religiosa ha hecho progresos, pero, ¿no habría que preguntarse si, más allá de las buenas intenciones, muchos aspectos de la misma operan como reproductores de estereotipos de género? Juan Pablo II afirma: “No hay duda de que la igual dignidad y responsabilidad del hombre y de la mujer justifican plenamente el acceso de la mujer a las funciones públicas”.[xiv] ¿Se está llevando este mismo criterio al interior de la Iglesia?

Como puede apreciarse, la decisión definitiva del magisterio acerca del sacerdocio femenino puede convertirse en una oportunidad, si en vez de empantanarnos en este debate puntual, encaramos un diálogo eclesial valiente y abierto sobre algo de mucho mayor alcance y urgencia: cómo dar al carisma femenino, en los hechos, el lugar que le corresponde. Ello produciría, sin duda, transformaciones importantes en el modo de pensar, en el estilo y en la praxis eclesial en todos los órdenes, y permitiría a los creyentes “descubrir de nuevo el verdadero rostro de la Iglesia”[xv], que todavía sigue apareciendo a muchos, y con bastante razón, “una iglesia de varones”.

El autor es doctor en Teología Moral, profesor de la Facultad de Teología de la UCA.



[i] Pablo VI, Carta al Arzobispo de Cantórbery, 30 de noviembre de 1975, AAS 68 (1976) 599-601.

[ii] Esta misma argumentación es confirmada y desarrollada en Juan Pablo II, Mulieris dignitatem, 15 de agosto de 1988, n.23ss.

[iii] Communicatio 27 (1995) 212.

[iv] Inter insigniores 39.

[v] Sigo de cerca la reflexión de G. Greshake, Ser sacerdote hoy, Salamanca, Sígueme, 2003, 192-208.

[vi] Congregación para la Doctrina de la Fe, Declaración «Persona humana», acerca de ciertas cuestiones de ética sexual (29-XII-1975) 1.

[vii] El texto de Efesios es comentado extensivamente en Mulieris dignitatem 23-27.

[viii] H. U. von Balthasar, Neue Klarstellungen, Einsiedeln 1979, 111, citado por G. Greshake, op.cit., 204.

[ix] Ibidem.

[x] “(A)nte Cristo y ante la Iglesia no existe desigualdad alguna en razón de estirpe o nacimiento, condición social o sexo” (Lumen gentium 31); y señalando la mayor participación activa de las mujeres en toda la vida social, se afirma: “es de gran importancia su participación, igualmente creciente, en los diversos campos de apostolado de la Iglesia. (Apostolicam actuositatem 9).

[xi] Una exposición de las mismas puede verse en A. Bunge, “Varón y mujer, ¿igualdad de derechos?”, Anuario argentino de Derecho Canónico VIII (2001). Para el aspecto canónico me baso en este excelente estudio.

[xii] La evolución hacia una visión más igualitaria en el rol de los géneros puede apreciarse en Juan Pablo II, Familiaris consortio, 23-24.

[xiii] Ch. Curran, Catholic Social Teaching, 1981 – present. A Historical, Theological and Ethical Analysis, Washington D.C., Geogetown University Press, 119-120.

[xiv] Familiares consortio 23.2.

[xv] Inter insigniores 40.

viernes 8 de agosto de 2008

Criterio por primera vez en Zona Norte

"La Prensa y el Poder en la Argentina"

Con la coordinación de la periodista Luisa Valmaggia,
hablarán sobre el tema "Prensa y
Poder" los periodistas:

Magdalena Ruiz Guiñazú y José Ignacio López

Miércoles 27 de agosto a las 20.00 en el Colegio Carmen Arriola de Marín (Av. del
Libertador 17.115, San Isidro)
- Entrada gratuita

Para confirmar su presencia en la conferencia haga clic aquí

Le proponemos una innovación: usted podrá dejarnos las preguntas o comentarios que quiera hacer a los disertantes sobre este tema, que serán consideradas el día de la conferencia.

Lo invitamos a hacerlo en este Blog clickeando aquí

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Auspician


martes 5 de agosto de 2008

Editorial Agosto 2008: Apuntes del día después

El Congreso de la Nación ocupó el primer plano. Las pantallas de televisión volvieron a mostrar imágenes que hacía mucho tiempo no gozaban de espacio en ese codiciado medio. El acalorado debate del proyecto de ley sobre las retenciones fue la causa de este súbito interés, manteniendo en vilo a la ciudadanía desde su inicio hasta el ajustadísimo desenlace.
 
La política vernácula tiene la rara virtud de tornar extraordinario lo que debería ser normal. En una república democrática, el debate parlamentario de las grandes decisiones de política económica debería ser algo de rutina, y las medidas en esa materia que pudiera tomar el Poder Ejecutivo, la excepción.
 
Pues bien, hoy contemplamos, con algún atisbo de esperanza, un pequeño esbozo de regreso a la normalidad: el Congreso debatió política económica. Más allá de la criticable técnica utilizada, en la que el Poder Ejecutivo solicitó la ratificación legislativa de una resolución ministerial con escaso (por no decir nulo) contenido constitucional, rescatamos la actitud del Parlamento de intentar recorrer el camino de la república democrática, a través del debate intenso y el intercambio de ideas. El Poder Ejecutivo utilizó muchos de los recursos a su alcance para imponer su voluntad, presionado por el Partido Justicialista en la figura de su actual presidente, Néstor Kirchner. El Congreso mostró independencia de criterio y finalmente rechazó el pedido de la Presidenta.
 
No es nuestro propósito ahora discutir el angustioso derrotero de las retenciones durante los últimos 130 días, ni su oportunidad y conveniencia económica. No obstante, caben trazarse algunas líneas de análisis que entendemos importantes para el futuro cercano. Una ley del Congreso podría o no resultar inconstitucional; materia tribunalicia finalmente. Hasta tanto, será ley de la Nación. Por otra parte, puede disentirse con las políticas que una norma expresa, persiguiendo en ese caso su reforma o derogación, tarea –entre muchas otras– para la que las instituciones políticas han sido creadas. Las elecciones periódicas permiten, pues, accionar en uno u otro sentido, mediante el ejercicio del voto. Por lo demás, las organizaciones intermedias y la opinión pública son la arena donde generar el debate y el diálogo. La acción directa, la violencia en la calle y en los escraches son claramente medios ilegítimos. Los hechos del pasado reciente se ocuparon de desmentir, a veces también de forma violenta, estos conceptos.
 
En ese contexto, en el que la crisis del campo absorbió la agenda política desde el 11 de marzo pasado, queda el interrogante acerca del día después. Temas que ya hemos tratado en estas páginas: energía en sus más variados aspectos, inflación, gasto público y la injerencia permanente del Poder Ejecutivo en un variopinto muestrario de actividades económicas. Todo ello precisa para su solución de una dosis contundente de legitimidad de ejercicio, que permita la instrumentación de políticas económicas consensuadas, generales y sectoriales, de largo aliento, que quizá en el corto plazo no sean todo lo populares que a cualquier político con mirada corta le gustaría. Esta masa crítica de legitimidad política no se obtiene con soluciones unilaterales tomadas en círculos cerrados de poder, para luego apelar a un arsenal de argumentos de lo más inverosímiles y contradictorios para intentar su posterior justificación.
 
Los temas mencionados no son menores. La inflación, por tomar uno, es un problema que afecta de manera directa a los que menos tienen, y cuya solución hoy el gobierno no ha comenzado a esbozar porque aún ni siquiera la reconoce (o no le conviene reconocer o no sabe qué hacer). No obstante, los sindicatos aliados al gobierno (valga ahora esta aclaración, en razón de los últimos sucesos) piden y negocian aumentos salariales que en mucho exceden los índices oficiales. Esta manera de hacer política, que tuvo su cenit en la crisis de las retenciones, provoca dinámicas de negación, rechazo y polarización, que intentan esconder las verdaderas dificultades. El resultado de la tristemente célebre resolución 125 demostró la futilidad de esta estrategia.
 
¿Cómo encauzar la discusión de políticas de estado de largo plazo, en un ambiente con tendencias a la polarización y la crispación generalizada? La pregunta parece huérfana de respuestas, si apelamos al ejemplo de la primera medida importante en materia de política económica que intentó imponer la Presidenta. El modo en que se manejó la cuestión de las retenciones es la muestra paradigmática de cómo no deben resolverse las cosas. Por motivaciones variadas, terminó el Congreso acometiendo y cerrando el debate. Pero la batalla dejó heridos, rencores y una amarga sensación de oportunidad perdida para la búsqueda de calidad institucional, tan pregonada durante la campaña electoral.
 
En el fragor de las discusiones, la Presidenta apeló con bastante frecuencia a su triunfo en las urnas como justificación del accionar de un gobierno “nacional y popular”, en expresión que combina lo nostálgico con lo ambiguo. Conviene quizá recordar la enorme diferencia entre democracia plebiscitaria y república democrática. A riesgo de simplificar, entendemos a la primera como aquella que sostiene que las urnas otorgan al representante elegido toda la legitimidad para imponer su agenda, con independencia de los marcos institucionales que le dieron origen a su poder. Esta visión tiende a encontrar límites en el ejercicio de gobierno sólo en las urnas. La república democrática, en cambio, acota los márgenes de decisión a quien resulta elegido presidente, repartiendo atribuciones entre los distintos poderes del Estado. El apoyo popular, en este caso, otorga al representante elegido la legitimidad necesaria para llevar adelante un plan de gobierno dentro de un marco institucional, que es a su vez el que le pone límites a su gestión.
 
Estas ideas, al parecer sencillas, no están suficientemente arraigadas en la sociedad y tampoco en la clase política. La visión plebiscitaria de la nación, en la que la presidenta en ejercicio se considera legitimada para tomar cualquier medida con fundamento en el respaldo popular, genera la creencia –también plebiscitaria– de que ante el desacuerdo, la manera de oponerse es ganar la calle. Este sistema perverso, que provoca círculos viciosos de conspiraciones y fabulaciones, en donde desde el oficialismo se demoniza a quien se opone, y desde algunos sectores de la oposición se conjetura sobre las eventuales maneras de acelerar el cambio político, no está capacitado para siquiera comenzar a tomar conciencia de los temas de la agenda que necesitan soluciones de consenso.
 
Reconstruir la confianza en la política, en el Congreso, en la representación, parece ser el camino a recorrer para solucionar los problemas que hoy tenemos, que exceden en mucho el tema del campo. No obstante, la visión de corto plazo de la mayoría de los actores (oficialismo, oposición e intereses sectoriales) es  hoy uno de los mayores obstáculos para esta reconstrucción.
 
La república democrática, por oposición a la democracia plebiscitaria, requiere de la construcción paciente de consensos en torno de los grandes temas que nos afectan a todos. La institucionalización de tales consensos otorga la legitimidad necesaria para llevarlos adelante en el tiempo.
 
Los debates recientes en el Congreso parecen ser un primer paso, acaso endeble y frágil. Pero no debemos olvidar que si bien la falta de práctica genera entumecimientos y rigidez, con ejercicio y gimnasia pueden superarse. El desafío es volcar hacia este camino toda nuestra confianza y energía. Soluciones distintas –aunque nos cueste reconocerlo– no han demostrado eficacia en el pasado.