Si el diálogo requiere saber “dar la palabra”, muchos sostienen que en la Iglesia actual en el mundo asistimos al fenómeno inverso: al “retiro de la palabra”.En la década del sesenta, ese hombre notable en la vida de la Iglesia que fue Giovanni Battista Montini, Pablo VI, señalaba en la encíclica Ecclesiam suam que la revelación de Dios en la historia, lejos de ser un monólogo, tiene forma de diálogo: un diálogo de salvación. La Palabra de Dios eleva al hombre a la dignidad de interlocutor. El Creador entabla con nosotros una “conversación” a través de la cual se da a conocer. Esto es decisivo para la autoconciencia de la Iglesia: ella debe comprenderse a sí misma como continuadora de ese diálogo salvífico, buscando incluir en él a todos los hombres. El fruto histórico de esta convicción fue el impulso que recibieron diferentes expresiones del diálogo de salvación en el ámbito ecuménico, interreligioso, cultural, social.
Desde hace años, sin embargo, ese espíritu de diálogo, tan característico del post-Concilio, muestra síntomas de agotamiento. La visión esperanzada que animó la apertura de la Iglesia universal al mundo hoy ha cedido lugar, en parte como reacción a cierto laicismo agresivo, a otra más negativa y crítica que la lleva a replegarse sobre sí misma, en la preocupación por reafirmar su propia identidad. Con respecto al sistema democrático, se ha pasado del apoyo decidido a algunas manifestaciones de sospecha; y el temor al relativismo, hasta cierto punto justificado, desemboca algunas veces en demandas maximalistas, y en intentos de influir en la vida pública a través de interferencias sobre las instituciones civiles (como presiones informales sobre legisladores, amenazas públicas de sanciones canónicas, o recomendaciones sesgadas para los votantes). Un cierto “espíritu de cruzada” se ha apoderado del discurso sobre determinados temas, atentando contra la necesidad de alcanzar compromisos prácticos (no de principios) en el ámbito político, y cerrando la posibilidad de matizar posiciones y lograr un pensamiento más articulado en cuestiones éticas de gran complejidad.
Estos hechos tienen su correlato en la vida interna de la Iglesia. El magisterio (considerado en su conjunto, y sin prejuzgar sobre el valor de sus expresiones particulares), experimenta un “proceso inflacionario” que lo ha llevado a desbordar su función histórica: se ha convertido en instrumento para canalizar las reflexiones teológicas de los pontífices, para terciar en las más variadas y complejas cuestiones académicas de orden dogmático y moral, y para disciplinar con creciente escrupulosidad la vida eclesial. Ante esta tendencia, la teología se ve constreñida a un rol subalterno de explicar y defender (dentro de límites cada vez más estrechos) la enseñanza oficial, con una libertad crecientemente condicionada a través de la exasperación de controles formales e informales de las autoridades.
La consecuencia de este clima interno es una marcada ausencia de diálogo y de debate auténticos. Si el diálogo requiere saber “dar la palabra”, asistimos muchas veces al fenómeno inverso del “retiro de la palabra”: los obispos tienden a convertirse en propagadores de lo expuesto por el Sumo Pontífice, los laicos son consultados poco y de modo selectivo para refrendar posiciones adoptadas de antemano, se elaboran documentos sin escuchar a los directamente afectados. La seguridad del discurso único, sin embargo, tiene un altísimo costo en términos de credibilidad, respeto y relevancia pública de la enseñanza oficial, tanto fuera como dentro de la Iglesia.
El diálogo no es una estrategia optativa, sino el camino obligado hacia la verdad, que es siempre una empresa comunitaria. La asistencia del Espíritu no exime a las autoridades eclesiásticas de las reglas de la comunicación. Es en el debate libre donde las posiciones encuentran su equilibrio y se enriquecen mutuamente. Por el contrario, el rígido corsé que hoy limita la vida de la Iglesia no hace sino incrementar día a día un malestar extendido e inocultable.
Cuando a Jesús le presentaron al ciego Bartimeo, le preguntó: “¿Qué quieres que haga por ti?”. Más allá de la respuesta, por demás obvia, la pregunta era en sí misma significativa, ya que constituía en interlocutor a aquel a quien la gente quería callar para que no molestara al Maestro. Es necesario que volvamos a recordar esta verdad evangélica que tan acertadamente expresara Ecclesiam suam: la salvación es un diálogo, y no hay diálogo si no se da la palabra.
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