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domingo 2 de noviembre de 2008

Editorial Noviembre 2008: La crisis global

Vivimos la crisis financiera más profunda desde la iniciada en 1929, que dio lugar a la Gran Depresión. Y si bien hay más herramientas para combatirla, su alcance global nos conduce a un escenario desconocido que dificulta escrutar el futuro.

Todas las crisis se inician con burbujas especulativas con raíces que trascienden la economía; para rastrearlas es necesario bucear en la codicia y la pérdida del sentido común. Advertíamos ya en marzo de este año la existencia de riesgos de una debacle y más tarde la pobre reacción de los líderes mundiales del G7 en su reunión de junio. No era seguro que el temblor finalizara en una erupción, pero no se hizo lo suficiente para evitarla. Desde la Gran Crisis el mundo había aprendido a limitar la violencia de las recesiones, pero el fundamentalismo de mercado pudo más. Se creyó ingenuamente en la teoría de los mercados eficientes, según la cual los precios confieren toda la información relevante y eliminan las posibles burbujas.

La Reserva Federal de los Estados Unidos mantuvo su tasa de referencia al 1% hasta junio del 2004, cuando el país ya crecía sólidamente. Esta política se convirtió en una invitación a buscar negocios más rentables, en parte por codicia pero también porque el rendimiento del dinero era artificialmente bajo. Mucho contribuyeron las falencias de la regulación financiera, incluyendo los patéticos desempeños de las calificadoras de riesgo y algunas compañías aseguradoras.

Bancos de inversión de primera línea cometieron excesos crediticios tales que si el valor de sus créditos disminuía en 1%, su patrimonio se reducía en 35%: la bancarrota. Las autoridades norteamericanas practicaron discrecionalmente la teoría del escarmiento y del “riesgo moral”, que aconseja evitar salvatajes para no abonar el terreno de futuros comportamientos irresponsables. Salvaron a Bear Sterns, pero dejaron caer a Lehman. Sólo veinticuatro horas después debieron volver sobre sus pasos e inyectar fondos en la segunda aseguradora mundial; de no haberlo hecho, su caída hubiera arrastrado a muchos bancos. En notable parábola, el gobierno del presidente George W. Bush, que optaba en un principio por el mismo tipo de sanción del mercado que se aplicó en la Argentina de 2001, terminó abrazado al salvavidas; en ambos casos con consecuencias dramáticas. No hubo, pues, ni mucho ni poco gobierno, sino mal gobierno.

Otro aspecto de la crisis tiene que ver con el consumo: el gasto excesivo de los norteamericanos, financiado con creciente endeudamiento; y el de los asiáticos, con China a la cabeza; además de los países petroleros, acumulando reservas sin cesar. Todos son ejemplos de los excesos artificiosamente inducidos al crear activos financieros muy rentables, pero insolventes. En el ínterin, se acentuó el contagio a los países emergentes, que comenzó con la caída de un tercio del precio de las commodities. La sincronización confirmó algo que ya se sabía: era otra burbuja asociada a la desvalorización del dólar, y se pinchó cuando la moneda norteamericana se apreció. Es notable, sin embargo, que hasta el momento ningún país emergente haya naufragado. ¿Las razones? Las buenas políticas económicas aplicadas en sus economías durante los últimos lustros, con superávit gemelos, poco endeudamiento, baja inflación y atracción de inversiones genuinas.

En la vereda contraria, uno de los aspectos más preocupantes de la crisis es la lentitud de la reacción individual y colectiva de las autoridades de los países desarrollados, siempre corriendo pero sin poder avanzar. La demorada rebaja coordinada de tasas de interés del 8 de octubre resultó insuficiente, lo cual evoca la trampa de liquidez keynesiana que vivió Japón en los noventa, cuando ninguna baja de tasas logró reavivar el gasto. Ya empezó su curso el plan del G7 y de Europa para salvar bancos con el aporte de capitales públicos, con los cuales proponen aumentar las garantías de depósitos, inyectar tanta liquidez como sea necesaria y revivir el mercado secundario de hipotecas. Las medidas son adecuadas, pero si el objetivo es anular el riesgo de depresión (es decir, disminución de la tasa de inversión, desempleo masivo y disminución de la demanda de bienes de consumo) en la economía global e instalarla en una inflación controlada, deberán lidiar todavía con el colapso crediticio, la deflación de deudas, las corridas bancarias y el riesgo sistémico.

Dichas medidas así como el tardío salvataje de 700.000 millones de dólares aprobado en los Estados Unidos derrumbaron otro de los argumentos caros al fundamentalismo de mercado: no usar dinero de los contribuyentes para salvar empresas privadas. Cuando el temporal llega a los bancos y se desmadra, no sólo es necesario hacerlo, es imprescindible. En caso contrario, los contribuyentes perderían mucho más dinero, como quedó demostrado claramente en los años treinta. El precedente es peligroso; el futuro, por su parte, deberá cuidar de sí mismo.

El FMI redujo sus proyecciones de crecimiento mundial para 2009 desde el 3,9% en julio a 3; las de Estados Unidos, de 0,8 a 0,1; y las de los países emergentes, de 6,7 a 6,1. Hay quienes consideran que son cifras algo optimistas; aun cuando rebotaran los mercados de capitales, el contagio a la economía real ya es un hecho. Las causas tienen que ver con la restricción del crédito y el empobrecimiento general, resultado del colapso del precio de los activos. No se llegará a los extremos de los años treinta ni, probablemente, al Japón de los noventa. Y si bien Estados Unidos es capaz de demostrar, a largo plazo, mayor resiliencia, preocupa en el corto plazo la gran importancia que tienen allí –tal como sucede en España y en el Reino Unido– los sectores más críticos: el financiero y el inmobiliario.

Lo que el mundo necesita hoy es un ajuste expansivo, y es condición imprescindible la depreciación del dólar respecto de las monedas asiáticas. Esto ayudaría a acelerar el ahorro en Estados Unidos y el consumo en Asia; conviene a sus propios intereses y es música para los oídos de los productores de commodities. Si no ocurre, la economía mundial tardará más en recuperarse. Hasta hoy parecen tener razón quienes pensaban que el crecimiento global del siglo XXI era básicamente un ciclo económico norteamericano. Pero recién empieza el primer tiempo del partido y el potencial crecimiento de los países emergentes a mediano y largo plazo sigue intacto.

Los colchones mundiales están repletos de liquidez, en adición a las reservas de divisas de los países petroleros y de Asia Oriental, que suman cerca de 20% del PIB mundial. Cuando retorne la confianza, y en cuanto ésta se perciba, puede haber un fuerte rebote de bonos privados y acciones. Sin embargo, restaurarla en forma estable no será sencillo. Demandará más acciones coordinadas a escala global, como líneas de crédito a los países emergentes –en la actualidad son los más activos en pos de evitar la globalización de la depresión– y también a los países más pobres. Asimismo serán necesarios acuerdos de realineamientos de monedas que permitan reducir los desequilibrios de balance de pagos y, por otro lado, que garanticen el éxito de la ronda de la Organización Mundial del Comercio en Doha. El objetivo final es evitar uno de los principales riesgos de hoy, el proteccionismo, que tuvo efectos devastadores en la década del treinta del siglo pasado.

Otra lección muy importante de esta crisis, aunque es imposible asegurar si será aprendida con la historia a la vista, es que una economía cada vez más integrada no puede funcionar adecuadamente sin buena gobernabilidad global. Se percibe la ausencia de un multilateralismo eficaz, el Fondo Monetario parece no existir, ayuda el Foro de Estabilidad Financiera pero no es suficiente, las reuniones del G7 y del G8 son declarativas, y los de afuera somos de palo.

Para la Argentina el viento cambió. En el mejor de los casos, las commodities seguirán flojas y no recuperarán por ahora los precios burbujeantes de meses atrás; serán menores a lo previsto los datos de crecimiento y de creación de empleo; habrá problemas de rentabilidad, intereses más altos y dificultades financieras. Lo positivo será la menor presión inflacionaria.

Es insensato festejar la desgracia ajena, aunque sirva de ocasión para esconder los problemas propios. Es cierto que estamos mejor preparados que en crisis previas, pero de haberse aplicado políticas más acertadas durante los últimos años, ahora habría sido posible dejar flotar la moneda o hacer política fiscal anticíclica. Además, el riesgo de recesión se potencia por las fuertes devaluaciones de Brasil y Chile. Urge que el gobierno profundice la orientación más realista observada durante los últimos dos meses, fijando un horizonte claro que aún no se distingue. Debe alentarse la inversión privada en todos los sectores, desde el petróleo hasta la manufactura, desde el campo al turismo (garantizando el buen funcionamiento de los servicios aéreos, por ejemplo). En cuanto a las exportaciones, podrían combinarse una moderada desvalorización del peso con rebajas en los impuestos a las exportaciones. También ayudaría reformular el presupuesto, con valores más realistas de PIB, inflación, ingresos y gastos; reducir los subsidios a los pudientes; tratar de cumplir lo anunciado para con los acreedores con los cuales estamos en mora; financiar el pago al Club de París en varios años; presentar un plan financiero creíble y recuperar los datos reales de la inflación, todo lo cual alejaría significativamente el fantasma del default. Dichas políticas deberían estar enmarcadas en una concertación seria de precios y salarios, señal centralizada que puede ser decisiva para evitar la recesión y una nueva aceleración de la inflación. Es de esperar que suceda.