Vivimos la crisis financiera más profunda desde la iniciada en 1929, que dio lugar a Todas las crisis se inician con burbujas especulativas con raíces que trascienden la economía; para rastrearlas es necesario bucear en la codicia y la pérdida del sentido común. Advertíamos ya en marzo de este año la existencia de riesgos de una debacle y más tarde la pobre reacción de los líderes mundiales del G7 en su reunión de junio. No era seguro que el temblor finalizara en una erupción, pero no se hizo lo suficiente para evitarla. Desde
Bancos de inversión de primera línea cometieron excesos crediticios tales que si el valor de sus créditos disminuía en 1%, su patrimonio se reducía en 35%:
Otro aspecto de la crisis tiene que ver con el consumo: el gasto excesivo de los norteamericanos, financiado con creciente endeudamiento; y el de los asiáticos, con China a la cabeza; además de los países petroleros, acumulando reservas sin cesar. Todos son ejemplos de los excesos artificiosamente inducidos al crear activos financieros muy rentables, pero insolventes. En el ínterin, se acentuó el contagio a los países emergentes, que comenzó con la caída de un tercio del precio de las commodities. La sincronización confirmó algo que ya se sabía: era otra burbuja asociada a la desvalorización del dólar, y se pinchó cuando la moneda norteamericana se apreció. Es notable, sin embargo, que hasta el momento ningún país emergente haya naufragado. ¿Las razones? Las buenas políticas económicas aplicadas en sus economías durante los últimos lustros, con superávit gemelos, poco endeudamiento, baja inflación y atracción de inversiones genuinas.
En la vereda contraria, uno de los aspectos más preocupantes de la crisis es la lentitud de la reacción individual y colectiva de las autoridades de los países desarrollados, siempre corriendo pero sin poder avanzar. La demorada rebaja coordinada de tasas de interés del 8 de octubre resultó insuficiente, lo cual evoca la trampa de liquidez keynesiana que vivió Japón en los noventa, cuando ninguna baja de tasas logró reavivar el gasto. Ya empezó su curso el plan del G7 y de Europa para salvar bancos con el aporte de capitales públicos, con los cuales proponen aumentar las garantías de depósitos, inyectar tanta liquidez como sea necesaria y revivir el mercado secundario de hipotecas. Las medidas son adecuadas, pero si el objetivo es anular el riesgo de depresión (es decir, disminución de la tasa de inversión, desempleo masivo y disminución de la demanda de bienes de consumo) en la economía global e instalarla en una inflación controlada, deberán lidiar todavía con el colapso crediticio, la deflación de deudas, las corridas bancarias y el riesgo sistémico.
Dichas medidas así como el tardío salvataje de 700.000 millones de dólares aprobado en los Estados Unidos derrumbaron otro de los argumentos caros al fundamentalismo de mercado: no usar dinero de los contribuyentes para salvar empresas privadas. Cuando el temporal llega a los bancos y se desmadra, no sólo es necesario hacerlo, es imprescindible. En caso contrario, los contribuyentes perderían mucho más dinero, como quedó demostrado claramente en los años treinta. El precedente es peligroso; el futuro, por su parte, deberá cuidar de sí mismo.
El FMI redujo sus proyecciones de crecimiento mundial para 2009 desde el 3,9% en julio a 3; las de Estados Unidos, de
Lo que el mundo necesita hoy es un ajuste expansivo, y es condición imprescindible la depreciación del dólar respecto de las monedas asiáticas. Esto ayudaría a acelerar el ahorro en Estados Unidos y el consumo en Asia; conviene a sus propios intereses y es música para los oídos de los productores de commodities. Si no ocurre, la economía mundial tardará más en recuperarse. Hasta hoy parecen tener razón quienes pensaban que el crecimiento global del siglo XXI era básicamente un ciclo económico norteamericano. Pero recién empieza el primer tiempo del partido y el potencial crecimiento de los países emergentes a mediano y largo plazo sigue intacto.
Los colchones mundiales están repletos de liquidez, en adición a las reservas de divisas de los países petroleros y de Asia Oriental, que suman cerca de 20% del PIB mundial. Cuando retorne la confianza, y en cuanto ésta se perciba, puede haber un fuerte rebote de bonos privados y acciones. Sin embargo, restaurarla en forma estable no será sencillo. Demandará más acciones coordinadas a escala global, como líneas de crédito a los países emergentes –en la actualidad son los más activos en pos de evitar la globalización de la depresión– y también a los países más pobres. Asimismo serán necesarios acuerdos de realineamientos de monedas que permitan reducir los desequilibrios de balance de pagos y, por otro lado, que garanticen el éxito de la ronda de
Otra lección muy importante de esta crisis, aunque es imposible asegurar si será aprendida con la historia a la vista, es que una economía cada vez más integrada no puede funcionar adecuadamente sin buena gobernabilidad global. Se percibe la ausencia de un multilateralismo eficaz, el Fondo Monetario parece no existir, ayuda el Foro de Estabilidad Financiera pero no es suficiente, las reuniones del G7 y del G8 son declarativas, y los de afuera somos de palo.
Para la Argentina el viento cambió. En el mejor de los casos, las commodities seguirán flojas y no recuperarán por ahora los precios burbujeantes de meses atrás; serán menores a lo previsto los datos de crecimiento y de creación de empleo; habrá problemas de rentabilidad, intereses más altos y dificultades financieras. Lo positivo será la menor presión inflacionaria.
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