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domingo 5 de octubre de 2008

Editorial Octubre 2008: El lugar del Vicepresidente

La noche del 16 de julio último, la mirada de ciudadanos y gobernantes se posó sobre la figura de alguien que hasta ese momento había suscitado poca atención. Fue cuando Julio César Cleto Cobos, desde el sitial de la presidencia del Senado, tras palabras que supieron conmover, formuló su voto “no positivo” al proyecto sobre las retenciones.

Vituperado por el oficialismo que consideró ese voto como una derrota propia, Cobos experimentó desde el viaje inmediato a Mendoza, su tierra natal, los halagos de la popularidad. En los dos meses siguientes, pese a un encuentro formal con la Presidenta y a sus declaraciones sobre la voluntad de seguir en la misma alianza, no parece que haya en el mundo regido por Néstor y Cristina Kirchner espacio para él. Menos tozudez de parte de éstos podría haber capitalizado lo ocurrido, ya que paradójicamente el voto de Cobos descomprimió una situación cuya salida no se avizoraba. Al mismo tiempo, importantes correligionarios del radicalismo se preguntan si el regreso del “hijo pródigo”, expulsado del viejo partido de Alem e Yrigoyen, no podría ser el signo del retorno de la diáspora de tantos dirigentes que buscaron cobijo en otras alternativas electorales. ¿Podría Cobos ser en 2011 el candidato de un radicalismo redivivo? En tal caso, ¿podría batir en las urnas a la sucesión de la actual presidenta? Naturalmente, muchos querrán aportar lo suyo a esa especulación sobre la suerte de la fracción en el poder, empezando por el peronismo histórico, también revitalizado a expensas del desgaste kirchnerista, que intentarán que, como en 2003, estemos ante una nueva interna justicialista.

Desde el punto de vista ético, ¿puede un vicepresidente protagonizar el armado de un proyecto cuyo objetivo sea desplazar electoralmente a quienes lo incluyeron en su fórmula? ¿El justificable voto “no positivo” podría derivar en acción opositora durante los tres años que quedan para Fernández de Kirchner-Cobos? Con razón, desde diversas tribunas radicales se condiciona el retorno de Cobos a la finalización de su mandato, no antes.

Dos actitudes, al menos, cabe esperar del vicepresidente. La primera, que no sucumba a tirios y troyanos que quieren su renuncia al cargo. A ella aspiran sectores oficialistas, porque ya Cobos no es confiable. Y también algunos opositores que hasta ven con él una oportunidad para las elecciones de 2009. No hay indicios de que Cobos vaya tras las huellas de Carlos “Chacho” Álvarez. Una renuncia dañaría las instituciones, mostraría escasa responsabilidad y mucho oportunismo, todo lo contrario del temple avizorado aquella madrugada del 17 de julio. Aunque, eso sí –la segunda actitud–, el gobierno no tendría que temer otro voto de desempate en contra, al menos mientras pudiera evitar lo que sucedió en las postrimerías de la presidencia de Fernando de la Rúa: tener como presidente provisional del Senado a un opositor.

Con motivo de la elección de 2003, uno de los candidatos, Carlos Menem, que quizás no guardaba buen recuerdo de sus dos vicepresidentes, hizo pública su voluntad de llevar a su segundo, el salteño Juan Carlos Romero, a la jefatura de gabinete y dejar vacante la vicepresidencia.

Hoy es posible que el matrimonio Kirchner se cuestione el rédito de haber integrado la fórmula con el ex gobernador mendocino. Y éste se planteará de qué concertación se hablaba, de qué espacios de poder.

Pero unos y otro no se deben al cortoplacismo, que tanto tienta a nuestros políticos, sino a instituciones que deben vigorizarse y ser creíbles. Algo de eso ocurrió cuando la ciudadanía siguió por televisión el debate del Senado, donde no sólo el Vicepresidente sino varios legisladores impresionaron por la calidad de sus intervenciones. Lástima que eso no ocurre sino muy de vez en cuando.

El lugar del Vicepresidente es el que le marca la Constitución. Se trata de un segundo plano, mientras una circunstancia excepcional no lo catapulte al primero. Es el precio de la responsabilidad confiada por la ciudadanía. En un país donde los capitales políticos son malgastados en cuestión de meses –piénsese en Roberto Lavagna o Ricardo López Murphy–, la sabiduría del vicepresidente actual estará en el ejercicio escrupuloso de su función, con independencia y lealtad, sin obstaculizar al Ejecutivo, encontrando formas de servir al país desde su cargo, algo que sería de gran torpeza no favorecer, tal el caso de funciones de representación exterior, como es habitual tanto en los Estados Unidos como en los precedentes argentinos. Cobos tendrá que saber esperar, y sobre la paciencia en la política tiene ejemplos admirables en Mandela y Lula. El futuro, proclamaba Víctor Hugo en dicterio contra Napoleón, no es de nadie, es de Dios. En una Argentina tan imprevisible, esforcémonos al menos por hacer previsibles las instituciones.