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lunes 15 de junio de 2009

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jueves 14 de mayo de 2009

Editorial Mayo 2009: El Teatro Colón en cuatro “actos”

Por más que puedan molestar algunas expresiones del nuevo director general, Pedro Pablo García Caffi, nadie duda de la existencia y el progresivo crecimiento de “bolsones” de ineficiencia laboral, producto de nombramientos, edades, intereses e incompetencias que son una rémora significativa para la pesada y difícil gestión directorial.

Como en los argumentos de ópera más estrafalarios, la saga del Colón cerrado transita una trama complicada, plagada de personajes, circunstancias y digresiones que no ayudan a una clara lectura de la situación, y que todavía tiene un desenlace incierto. Resulta flaco consuelo pensar que se repite una historia similar a la de hace casi 120 años, cuando se iniciaron las obras del actual teatro con la idea de inaugurarlo en 1892 –en coincidencia con el cuarto centenario de la llegada de Colón a América–, aunque la apertura oficial se logró dieciséis años más tarde, el 25 de mayo de 1908 (si bien hubo obras del foyer y del Salón Dorado que se terminaron dos años después). O sea, un plazo cinco veces más prolongado que el previsto originalmente, un presupuesto mucho mayor y sucesivos cambios de administraciones, modalidades y protagonistas, pedidos de informes y pleitos judiciales, además de dos arquitectos fallecidos y varios empresarios fallidos. Claro que de allí en adelante surgió el Colón que fue durante cien años el centro musical latinoamericano de mayor calidad internacional, verdadero emblema de la imagen y la cultura de Buenos Aires. Si pensamos que esta historia triste con final alegre puede repetirse, es lícito –y sobre todo oportuno– suponer también que pueda reeditarse un resultado parecido, y que Buenos Aires vuelva a tener un Colón recuperado para el resto del siglo XXI.

Ante todo, hay que tener en cuenta que las dificultades en la gestión del Teatro, el deterioro de su eficiencia como organismo artístico y la natural obsolescencia del edificio y sus instalaciones no son cuestión de estos últimos años, sino que llevan, como mínimo, un cuarto de siglo de tropiezos. O sea que las acciones u omisiones al respecto afectan a varias gestiones de gobierno municipal e incluso del nacional, porque –más allá de su pertenencia institucional a la ciudad– el Colón es una bandera que fue usada y sigue usándose para ser desplegada –o enrollada según los casos– por las máximas autoridades de la Nación.

Para tratar de aclarar la actual complejidad de la reapertura del Colón, es menester analizar cuatro elementos fundamentales del problema: la voluntad política oficial, el trámite de las obras en curso, la situación laboral y sindical, y los objetivos específicos del futuro teatro. Cuatro aspectos que se integran en un único continuum, pero de los que es necesario conocer sus fortalezas, sus debilidades y su dirección posible.

Acto I: La voluntad política oficial

Cualquier organismo de la importancia y complejidad del Colón, sea dependiente o autárquico, necesita recibir gran atención y amplio respaldo de la autoridad, sobre todo en tiempos de conflicto como los que se dan hoy. Sea por falta de conocimiento del tema, atención de otras prioridades de gestión o desconfianza ante la situación heredada de Jorge Telerman, lo cierto es que el gobierno de Mauricio Macri perdió casi un año en encarar el problema del Colón; y esto, en términos de gestión política, es irrecuperable. En su transcurso se detuvieron trabajos, se acumularon deudas, se inflaron los pedidos de modificación de proyecto, se perdieron recursos económicos y se propició la desconfianza en la opinión pública. A río revuelto, ganancia de pescadores. No ayudaron en nada las endebles idas y venidas respecto de la autarquía, el titubeo en las designaciones del nuevo directorio y la ineficaz gestión del director Horacio Sanguinetti, enlazados en una comedia de equivocaciones aprovechada por algunos antagonistas políticos, periodistas y sindicalistas para acercarla justificadamente –aunque exagerando los conflictos– al terreno de la tragedia.

Seamos claros, el Colón no puede funcionar con normalidad si las autoridades de gobierno –especialmente los legisladores de la ciudad– no lo defienden por lo que es y por lo que representa, y no respetan la continuidad de las gestiones directoriales que correspondan. Un período de dirección de cinco años es lo mínimo que puede pedirse para pretender resultados positivos y recomponer la confianza internacional (en los últimos cinco años, en cambio, se han sucedido cinco directores).

Acto II: El trámite de las obras en curso

El Master Plan de la gestión Telerman preveía cinco años de cateos, diagnósticos, proyectos y licitaciones (2001-2005) y dos años de obras a teatro cerrado (2006/2007).

El desafío era grande, el optimismo fue mucho –quizá excesivo– pero el equipo convocado para el proyecto y las asesorías resultó muy bueno, y es el que en líneas generales sigue en funciones. Como sucede en tópicos similares de conservación patrimonial y renovación funcional, hubo polémicas previsibles, que reflejaron diversos puntos de vista teóricos y personales. La documentación de anteproyecto realizada entonces es la que, a grandes rasgos, se mantiene actualmente. No se trata del proyecto de teatro ideal y es verdad que contiene, en varios casos, soluciones de compromiso, pero hay que comprender que la reorganización funcional depende de un límite insuperable: la superficie total y absoluta del Colón, incluidos los subsuelos, es de 58.000 m2, y un programa de necesidades inclusivo superaría los 70.000m2. Para dar una respuesta integral a todo lo pedido habría que construir un teatro nuevo y reservar el Colón actual para producciones y representaciones acotadas, tal como hizo París con la Sala Garnier (la vieja Opéra) y la Ópera de la Bastilla. Pero hoy y aquí no nos gobierna Mitterrand ni hay posibilidad alguna de pensar en ello, mucho menos en este contexto de crisis internacional que empezamos a recorrer.

El proyecto que se está ejecutando no afecta el perfil productivo integral del teatro, rasgo característico que lo destaca en el panorama internacional y que se ha decidido mantener a ultranza. Todo se ha previsto en función de privilegiar la producción, preparación y realización del espectáculo con centro en el escenario. La segunda confitería y el fantasioso shopping fueron dos anécdotas desmedidamente agigantadas en los medios; la confitería seguirá siendo la actual y el sitio de venta será mucho más recoleto que lo que es dable imaginar en un teatro de su proyección. Lo que se relocalizará son áreas de depósitos –en parte ya trasladados– y talleres o instalaciones de riesgo, además de la biblioteca y centro multimedial de última generación, que no hay posibilidad de incluir dentro del edificio actual. Un escollo cierto, en cambio, es que la única gran sala existente en subsuelo –la “9 de Julio”– no puede seguir albergando indistintamente ensayos de las dos orquestas con sede en el teatro, además de los de ópera y ballet. Esto obliga a que –hasta la construcción de una segunda sala, prevista en un sector subterráneo sobre Libertad y Toscanini, postergada por falta de presupuesto– se deberá utilizar para ensayos el taller para decorados de grandes dimensiones, que a su vez se mudaría a uno, un poco más reducido, del segundo subsuelo.

Por la operatividad imprescindible y por la seguridad de las personas, el teatro permanece cerrado para empleados y visitantes desde fines de 2007 (el Master plan preveía cerrarlo en 2005). Unos meses antes, dentro del Ministerio de Desarrollo Urbano de la Ciudad, se creó la UPE –Unidad de Proyectos Especiales– y se designó una empresa externa de gran experiencia –SYASA– para controlar la gestión integral de las obras. El plazo de finalización de los trabajos necesarios para la reapertura al público se fijó para mayo de 2010, aunque se continuará luego con trabajos complementarios.

Así, si bien el problema de las obras es técnicamente muy complejo y está sumamente limitado en los plazos y en los recursos, se prevé que tenga un desarrollo exitoso, en tanto no medien nuevas interrupciones. El Gobierno de la Ciudad ha previsto instalar una pantalla de televisión que muestre las obras en ejecución, así como un sistema de visitas de público cuando el avance de las obras lo permita.

Acto III: La situación laboral y sindical

Un problema de larga data en el Colón reside en la azarosa relación contractual con los distintos sectores que conforman su personal, y que ha derivado en huelgas, quites de colaboración, demoras sorpresivas y suspensión de espectáculos. El tema –presente con intermitencias desde fines de los años cincuenta, pero muy acentuado desde 2000– está habitualmente centrado en reivindicaciones sobre sueldos, horarios, horas extra, saldos impagos, situaciones de revista, etc. Es indudable que la burocracia municipal se ha mantenido históricamente incólume frente a la necesaria agilidad con que debe manejarse un organismo artístico como el Colón, situación que la flamante autarquía deberá demostrar que es capaz de solucionar en el nivel estructural y de procedimientos.

Sin duda habrá que revisar y solucionar temas pendientes que dan razón a las frecuentes demandas de los trabajadores de la casa, así como a los reclamos de contratados locales y extranjeros por honorarios y servicios impagos, incluso desde hace varios años.

Pero también es cierto que a lo largo de sucesivas gestiones el personal del Colón ha crecido hasta llegar a los más de 1300 integrantes de la planta actual, lo cual es a todas luces excesivo. Es razonable pensar que el Teatro puede conservar intacta su capacidad de producción integral con 800 / 850 personas, de las cuales 250 serían instrumentistas de sus tres orquestas –Estable, Filarmónica y Académica–, 150 coreutas y bailarines, y 20 directores de estudios y maestros internos. Por más que puedan molestar algunas expresiones del nuevo director general, Pedro Pablo García Caffi, nadie duda de la existencia y el progresivo crecimiento de “bolsones” de ineficiencia laboral, producto de nombramientos, edades, intereses e incompetencias que son una rémora significativa para la pesada y difícil gestión directorial.

La decidida acción encarada por el gobierno de la ciudad al respecto –personalizada en el director ejecutivo Mariano Emiliani– ha logrado ya la reubicación de un centenar de trabajadores en otras órbitas administrativas, pero ha generado también la previsible reacción de los dos sindicatos –SUTECBA y ATE– que operan en el teatro. Negociación dura, siempre oportuna y bienvenida dentro de las reglas democráticas, pero que se ha subvertido por la violencia del segundo de estos gremios (incomparablemente menor en cantidad pero muy afianzado en su ambición de protagonismo y su ánimo combativo) que ha llegado a los insultos y amenazas de viva voz y a la agresión física a las autoridades, intentando una toma del teatro a fines de diciembre, o impidiendo la lectura del informe de García Caffi ante la Comisión de Cultura de la Legislatura de Buenos Aires a mediados de abril (significativamente, se los vio acompañados por integrantes de Quebracho). Es en esta continuidad de acción sorpresiva y violenta, sin contención institucional alguna, donde se advierte el talón de Aquiles de cualquier previsibilidad funcional exitosa para el Teatro que, más allá de eso, pone en riesgo la posibilidad de una convivencia ciudadana en democracia.

La propia dinámica de la campaña electoral en curso añade a esto sus componentes de rivalidades e intereses explícitos e implícitos de varias procedencias, para acentuar la crispación general y la dificultad para encarar acciones de largo aliento. Y no cabe duda de que cualquiera sea el resultado eleccionario de junio, el clima crispado seguirá hasta fin de año y se instalará en el próximo, que es prólogo de nuevas elecciones. En ese sentido y en esas circunstancias, el Colón es un boccato di cardinale para ser despedazado por propios y ajenos. Ojalá prime el buen tino y la constancia de la mayoría silenciosa que forma parte del Teatro, y que quiere que las mejores condiciones a las que aspiran no se sigan alejando por falta de oportunidad de trabajar.

Acto IV: Los objetivos específicos del futuro teatro

El cuarto y último punto se refiere al tipo de teatro que se buscará revivir. Esta no es una elección obvia sino una reflexión que deberá hacerse carne, puesto que en todo el mundo se ha hecho difícil mantener un teatro lírico de calidad internacional; cuánto más en nuestro país, solo y alejado del circuito internacional y de la facilidad para encarar coproducciones o participar en la red de intercambios que son habituales en Europa y América del Norte. Es cierto que el Colón carga sobre sus hombros el desafío de ser un elefante autosuficiente y muy caro para las arcas de la ciudad, pero ésa es también su naturaleza, su razón de ser y su destino.

Existe el riesgo de querer utilizar el símbolo como vidriera y administrarlo con un criterio prioritario de marketing. Voces críticas se han levantado aquí frente a la probabilidad de privilegiar en el Colón áreas de gastronomía o espacios de venta, y también se han dado ejemplos de “alquileres” muy poco edificantes para la currícula del Teatro. Quizás fue much ado about nothing (“mucho ruido y pocas nueces”), pero el peligro de tomar el camino más fácil siempre está cerca.

Esperemos que no se siga el atajo y que reviva un Colón de excelencia, adaptado a los requerimientos artísticos propios de su género, que en la actualidad se han globalizado y son mucho más exigentes. Eso depende de sus directivos –no caben dudas de que su actual director conoce el tema y es un sincero defensor de este objetivo– y de los funcionarios ejecutivo y legislativo de la ciudad, pero también depende de que el personal y los amigos de la música y del teatro apoyen cada paso que se dé en esa dirección. Los teatros de ópera sufren tanto con el silencio de quienes debieran hablar o cantar, como con los gritos y las desafinaciones de quienes harían mejor en callar.

En los últimos años el Colón ha soportado la inacción y el silencio cómplice de muchos, junto a los rencores y gritos de otros tantos. Ahora ha vuelto a arrancar, un poco a los tumbos, con unos primeros pasos titubeantes y esquivando zancadillas, pero con un rumbo bien orientado. Todavía es una cáscara muda que hay que llenar nuevamente con músicas y armonía; una cáscara que hoy está medio vacía o a medio llenar, según se quiera ver (ambas miradas tienen razón). La propuesta es tender a ayudar para que el llenado sea de la mejor calidad y esté listo lo antes posible. Y que al final de esta folle journée (días locos) podamos cantar con Mozart y Da Ponte: “Questo tempo di tormenti, di capricci e di follìa, in contento e in allegria corriam tutti a festeggiar” (“En este tiempo de tormentos, de caprichos y locura, corramos todos a festejar contentos y en alegría”).

jueves 30 de abril de 2009

La Humanae Vitae de Pablo VI, 40 años después

Aún se debate su condena a la anticoncepción y su alcance en la prevención del SIDA.

El cardenal Carlo Maria Martini (Turín, 1927)(foto), sacerdote jesuita y biblista mundialmente reconocido, es autor del polémico libro Coloquios nocturnos en Jerusalén, que comentamos en CRITERIO (Nº 2343). El ex arzobispo de Milán (1979-2002), la diócesis más grande del mundo, fue considerado papable en el Cónclave que eligió pontífice al cardenal Ratzinger. Mantuvo debates con pensadores de signo laicista, como Umberto Eco, y fue interlocutor en diálogos de alto nivel cultural. Benedicto XVI le pidió que presentara en París su libro Jesús de Nazaret.

Ya retirado, en una sencilla habitación de la Compañía de Jesús en Jerusalén, Martini se dedicó a reflexionar, con la perspectiva y experiencia de sus años, sobre temas que se debaten y discuten públicamente. Las reflexiones fueron dialogadas con otro jesuita, el austríaco Georg Sporschill, de 63 años, y recogidas en el mencionado libro. Su preocupación central es que la Iglesia sea escuchada, sobre todo por los más jóvenes.

Advierte sobre distancias que deberían acortarse, por lo que asume posiciones de autocrítica y dice que “la Iglesia necesita reformas internas que tienen que venir desde dentro”.

Uno de los temas más controvertidos del libro es el de la encíclica Humanae vitae, de Pablo VI (1968), que condena la anticoncepción, cuestión que adquirió nueva relevancia por la discusión sobre el uso del preservativo en la prevención del SIDA.

Las reflexiones de Martini suscitaron opiniones favorables y adversas. Las que aquí se recogen -algunas muy anteriores a las del cardenal- reflejan que la cuestión es compleja y no está cerrada, por lo que aspiramos a que el debate se abra al diálogo. Los lectores podrán formarse un juicio y sumar sus puntos de vista en nuestra web, donde abrimos una sección especial. Las afirmaciones de Sporschill y Martini fueron extraídas del libro indicado, en su versión española.
Arturo Prins

Georg Sporschill:
La Iglesia sigue teniendo fama de ser hostil al cuerpo o de estar alejada de la vida. Una expresión de esto mismo es la encíclica Humanae vitae, de la que sólo ha calado en la opinión pública la prohibición de la píldora y de la anticoncepción. Hay que preguntarse si esa prohibición sigue siendo sostenible en un mundo con epidemia de SIDA y con medicina moderna. De todos modos, la Iglesia ha erigido con ella una barrera hacia la juventud.


CARLO M. MARTINI:
Con esta crítica me he encontrado desde hace muchos años y en todos los frentes, también entre científicos y políticos serios, si es que acaso buscaban el diálogo con la Iglesia. Lo más triste es que la encíclica es en parte culpable de que muchos ya no tomen más en serio a la Iglesia como interlocutora o como maestra. Pero sobre todo a los jóvenes de nuestros países occidentales ya casi ni se les ocurre acudir a representantes de la Iglesia para consultarlos en cuestiones atinentes a la planificación familiar o la sexualidad. Debo admitir que la encíclica Humanae vitae ha suscitado también un desarrollo negativo. Muchas personas se han alejado de la Iglesia, y la Iglesia se ha alejado de los hombres. Se ha producido un gran perjuicio.

La relación personal y corporal es un ámbito esencial en la vida del hombre, en el que sobre todo la juventud debe hallar su camino. A partir de la pubertad, los jóvenes experimentan muchas turbulencias en este tema. Muchas grandes decisiones implican también cuestiones sobre la sexualidad, el matrimonio o el celibato. Es en cierto modo algo trágico que la Iglesia se haya alejado tanto de los afectados por estas cuestiones y de los que buscan respuestas para ellas. La encíclica Humanae vitae es obra de la pluma del papa Pablo VI. Yo lo he conocido bien y lo he tenido en gran estima. He tenido la ocasión de predicarle ejercicios a él y a sus colaboradores en el Vaticano, unos ejercicios que fueron los últimos que realizó antes de su muerte en el año 1978. Este Papa escuchaba con atención, trataba respetuosamente a las personas. Con la encíclica quiso ser respetuoso con la vida humana. A sus amigos personales les explicó su inquietud mediante una comparación con el lenguaje. No se debe mentir, decía, y, sin embargo, a veces es imposible evitarlo. Tal vez hay que disimular la verdad o no podemos evitar una mentira para salir del paso. Los moralistas deben aclarar dónde comienza el pecado, en especial en los casos en que existe un deber de relevancia mayor, como lo es la transmisión de la vida.
A mí me resulta doloroso que el papa Pablo VI haya quedado marcado de forma tan negativa en la opinión pública a causa de la “encíclica de la píldora”, como se la ha dado en llamar. Él asumió de su predecesor Juan XXIII la tarea del Concilio y lo prosiguió con gran prudencia. A su equilibrio se debe la apertura de la Iglesia, para la cual él pudo conquistar a una gran mayoría. Tampoco quiero dejar de mencionar su gran interés por la Biblia. La encíclica ha destacado correctamente muchos aspectos humanos de la sexualidad. Pero hoy en día tenemos un horizonte más vasto para plantearnos las preguntas sobre la sexualidad. También hay que tener mucho más en cuenta las necesidades de los confesores y de la gente joven. No debemos dejar solos a esos seres humanos. Ellos tienen derecho a recibir lineamientos o palabras esclarecedoras sobre los temas de la corporalidad, del matrimonio y de la familia. Buscamos un camino para hablar con solidez acerca del matrimonio, del control de la natalidad, de la fecundación artificial y de la anticoncepción.

Héctor Aguer (Arzobispo de La Plata):
El cardenal es muy claro en su crítica, una crítica muy severa, a Paulo VI y a la encíclica Humanae vitae, de cuya publicación se ha cumplido este año el cuadragésimo aniversario. Llega a decir cosas muy serias, como que esta encíclica ha producido un grave daño con la prohibición de la contracepción artificial que allí se establece, lo cual habría determinado que muchas personas se hayan alejado de la Iglesia y la Iglesia de las personas. Más aún: el cardenal Martini parece imputarle a Paulo VI haber ocultado la verdad, como que el Papa, en realidad, no estaba convencido de lo que afirmaba en su encíclica, pero lo hizo igual. (...)

El antiguo arzobispo de Milán propone que la Iglesia corrija el error cometido. Dice textualmente: “Probablemente el Papa no retirará la encíclica. Pero puede escribir una nueva e ir en ella más lejos. (...) Estoy firmemente convencido de que la conducción de la Iglesia pueda mostrar un camino mejor del que logró mostrar la Humanae vitae. La Iglesia recuperará con ello credibilidad y competencia. (...) Es un signo de grandeza y de seguridad en sí mismo que alguien pueda admitir sus faltas y la estrechez de su visión de antaño”.
Llama mucho la atención que un cardenal, un hombre tan inteligente, tan destacado, como es el cardenal Carlo María Martini se haga eco y haga suyas las críticas que dirige y ha dirigido a la Iglesia, durante décadas, la cultura secularizada y aquellos sectores intraeclesiales que se han manifestado en una postura de disenso contra el Magisterio eclesial. (...)
En la encíclica Humanae vitae se afirma algo fundamental, que tiene que ver con el sentido del amor conyugal: el carácter inseparable del doble significado del acto de los esposos, el significado unitivo y el procreativo. Se trata de una verdad natural, pero además en ella se juega algo fundamental para la vida cristiana de aquellos fieles de la Iglesia que están llamados al matrimonio. Además, Benedicto XVI ha ratificado expresamente la doctrina de la Humanae vitae y lo ha hecho en varias oportunidades este año. (...)
Ahora bien: nosotros, si nos dejamos llevar por el instinto de la fe, nuestro sano instinto católico, sabemos muy bien a lo que tenemos que adherir. Tenemos que adherir a la doctrina constante de la Iglesia y a la enseñanza de Benedicto XVI que es el Pastor que actualmente, a todos, nos guía. A esa enseñanza debe adherir, tanto el más humilde de los fieles como el más publicitado de los cardenales. (28/11/08)

Eduardo María Taussig (Obispo de San Rafael):
La Humanae vitae fue causa de enorme sufrimiento y de cruz para Pablo VI (...) Un revelador testimonio de los sufrimientos del heroico Papa fue su última alocución pública (29/6/78), casi un mes antes de que “el curso natural de su vida llegara a su ocaso”, cuando hizo un balance de su pontificado y resumió su “empeño ofrecido y sufrido de un Magisterio al servicio de la verdad” en dos grandes deberes: la tutela de la fe -recordemos el Credo del Pueblo de Dios- y la defensa de la vida humana.

Acerca de la vida humana Pablo VI dijo, en esta postrera ocasión, estas palabras: “No hemos hecho otra cosa que acoger esta consigna cuando hace diez años, proclamamos la Encíclica Humanae vitae inspirados en la intangible enseñanza bíblica y evangélica, que convalida las normas de la ley natural y el dictamen insuprimible de la conciencia sobre el respeto de la vida, cuya transmisión ha sido confiada a la paternidad y maternidad responsables.” (…) Podríamos repetir hoy las palabras de Pablo VI no sólo sin quitarles una coma, sino, por el contrario, acentuando su dramatismo y actualidad. (…)
En la experiencia de los “humildes”, como en los tiempos del Evangelio, se constata que, con esta “sabiduría de vida”, son muchas veces los pobres los que más hijos tienen; son también los pobres los que entienden mejor la diferencia esencial entre la contracepción y los métodos naturales basados en la continencia periódica; los que además, prácticamente, los asumen con mayor tino y practicidad. De mi experiencia pastoral como sacerdote recuerdo que, instructoras de nuestra pastoral, que enseñaban los métodos naturales en diversos lugares, me contaban que los aprendían más fácilmente las chicas de las villas de emergencia que las jóvenes de las universidades: se complicaban menos y percibían enseguida cómo era el plan de Dios y cómo vivirlo concreta y prácticamente. (7/9/08)

JOSÉ M.S. CASTELLVÍ (español) - Presidente de la Federación Internacional de las Asociaciones de Médicos Católicos:
Muchas de las críticas a la Humanae vitae han sido sugeridas por los intereses económicos que están detrás de la venta de la píldora contraceptiva. Otras críticas surgen de aquellos que quieren reducir y seleccionar la fertilidad y el crecimiento demográfico. Finalmente las críticas proceden de aquellos que quieren limitar la autoridad moral de la Iglesia católica. (ZENIT.org; 8/1/09)


Rodolfo Canitano - Especialista en estudios religiosos:
Martini, por encima de todo, sigue experimentando el lacerante deseo de ver a la Iglesia rejuvenecida y actualizada. Para lo cual -según su convicción- ella “debe tener el valor de reformarse”. (...) Muy despistado habría que estar para ver en el cardenal Martini la figura de un reformista impulsivo o improvisado. (...) Sus ansias de cambio son el fruto de un largo proceso de maduración en lo más íntimo de su corazón de pastor, bajo el impulso y al calor de su fe ardiente, de su amplia experiencia de vida y de su amor generoso y desbordante hacia los seres humanos (...)(La Nación, 17/11/08)

CARLO M. MARTINI:
Después de la encíclica Humanae vitae, los obispos austríacos, alemanes y muchos otros publicaron declaraciones llenas de preocupación encaminadas en una dirección que nosotros deberíamos continuar en la actualidad. Casi 40 años de distancia -un tiempo tan prolongado como la marcha de Israel por el desierto- podrían permitirnos una nueva perspectiva.

Conferencia Episcopal Austríaca:
Dado que la encíclica no contiene en materia de fe ningún juicio infalible, pudiera darse el caso de que alguno estime no poder aceptar el juicio dado por el Magisterio de la Iglesia. Sobre este punto hay que responder lo siguiente: el que en este campo sea competente y después de un serio estudio, y no de una forma ligera y afectiva, ha llegado a esta convicción, puede seguirla. No se equivoca si permanece dispuesto a proseguir su investigación y mostrar además respeto y fidelidad a la Iglesia. (22/9/68)

Gustavo Irrazábal - Teólogo moral:
Dentro del ámbito católico, los interlocutores más serios en el debate sobre la encíclica Humanae vitae y su doctrina sobre la anticoncepción parten de un consenso básico. Primero, el número de hijos debe ser decidido por cada matrimonio a través de una deliberación no sólo generosa, sino también prudente. En segundo lugar, la regulación de la fecundidad por medios artificiales, es decir, no a través del ejercicio de la castidad conyugal, plantea un problema para la conservación del sentido pleno del amor conyugal. Las críticas apuntan no tanto a los principios, cuanto al excesivo rigor e injusticia que derivan de su aplicación directa e inmediata a los casos concretos.

Ello muestra que no es suficiente rebatir las objeciones a la encíclica reafirmando la verdad de esta enseñanza. En el ámbito moral, para que un principio pueda orientar la vida satisfactoriamente es preciso que, además de ser verdadero, sea adecuadamente aplicado. Para ello se requieren mediaciones, es decir, criterios que permitan traducir prudentemente los principios en la multiplicidad de las situaciones concretas. Ya la encíclica mencionada da a entender que no todo uso de anticonceptivos equivale a anticoncepción: reconoce, en efecto, que el mismo puede tener un uso terapéutico, perfectamente lícito (n.15).
Diversas conferencias episcopales, a su vez, enunciaron criterios pastorales para orientar a sus fieles. La Conferencia Episcopal Francesa señaló la posibilidad de un “conflicto de deberes”, que impidiera observarlos a todos de modo simultáneo. En este sentido indica que “La contracepción no puede ser nunca un bien. Siempre es un de-sorden, pero este desorden no siempre es culpable”. Otras conferencias episcopales (Alemania, EE.UU., etc.) recordaron enseñanzas tradicionales sobre la conciencia: si después de una seria reflexión ante Dios, los esposos no logran comprender el sentido de esta doctrina, pueden obrar según su propia convicción. Juan Pablo II, en la exhortación apostólica Familiaris consortio, formuló el principio de gradualidad, por el cual los cónyuges que no estén en condiciones de cumplir de modo inmediato con la enseñanza de Humanae vitae deben comprometerse a “poner las condiciones necesarias para observar tal norma” (n.34).
Muchos especialistas, entre ellos el eminente filósofo Martin Rhonheimer, sacerdote del Opus Dei y profesor en la Universidad de la Santa Croce en Roma, conocido defensor del Magisterio en este tema, no tiene reparos en afirmar que esta enseñanza no se aplica al uso de profilácticos para evitar el contagio del SIDA, sea dentro del matrimonio, en parejas homosexuales, etc. Monseñor Jacques Suaudeau, miembro del Pontificio Consejo para la Familia, en 2000 escribió para L’Osservatore Romano un artículo en el que calificaba el uso del profiláctico en las campañas contra el SIDA, bajo ciertas condiciones, como un mal menor. Y muchas otras mediaciones o criterios de aplicación están pendientes de análisis y discusión. A través de ellos, la doctrina pontificia no sólo no sufre debilitamiento sino que se fortalece, mostrando su intrínseca plausibilidad.

Conferencia Episcopal Francesa:
La contracepción no puede ser nunca un bien. Siempre es un desorden, pero este desorden no siempre es culpable. Se da el caso, efectivamente, de que los esposos se encuentran ante un verdadero conflicto de deberes (Gaudium et spes 51). Nadie ignora las angustias espirituales en las que se debaten los esposos sinceros, especialmente aquellos a los que la observancia de los períodos naturales no consigue “darles una base suficientemente segura sobre la regulación de nacimientos” (Humanae vitae 24). Por una parte son conscientes del deber de respetar la apertura a la vida en todo acto conyugal. Creen igualmente que deben evitar en consecuencia -o aplazar para más adelante- un nuevo nacimiento. Al mismo tiempo, están privados del recurso a los ritmos biológicos. Por otra parte no ven en lo que les concierne cómo renunciar entonces a la expresión física de su amor sin poner en peligro la estabilidad de su matrimonio (GS 51,1).

A este respecto, recordamos simplemente la enseñanza constante de la moral: cuando uno se encuentra ante una alternativa entre deberes, en la que, sea cual fuese la decisión que se tome, no se puede evitar una, la sabiduría tradicional prevé que se busque ante Dios qué deber es mayor en este caso. Los esposos tomarán su decisión después de una reflexión en común, hecha con todo el interés que requiere la grandeza de su vocación conyugal.
No pueden olvidar ni menospreciar jamás ninguno de los deberes que entran en conflicto. Por tanto, mantendrán su corazón disponible a la llamada de Dios, atentos a cualquier nueva posibilidad que postule una nueva reconsideración de su elección o comportamiento actual. (8/11/68)

Martín Rhonheimer (Filósofo, sacerdote del Opus Dei):
Contracepción, como un tipo de acto humano específico, incluye dos elementos: la voluntad de involucrarse en actos sexuales y la intención de hacer imposible la procreación. Un acto contraceptivo, por lo tanto, encarna una elección anticonceptiva. (...)

La definición de acto contraceptivo no se aplica, por lo tanto, al uso de contraceptivos para prevenir las posibles consecuencias procreativas de una violación prevista; en tal circunstancia la persona violada no elige involucrarse en una relación sexual o prevenir las posibles consecuencias de su propia conducta sexual sino que está simplemente defendiéndose de una agresión sobre su propio cuerpo y de sus indeseables consecuencias. Una mujer atleta tomando parte en los Juegos Olímpicos, que toma una píldora anovulatoria para evitar la menstruación, no está cometiendo “anticoncepción” tampoco, porque no hay una intención simultánea de involucrarse en una relación sexual. (...)
Pero ¿qué pasa con las personas promiscuas, los homosexuales sexualmente activos y las prostitutas? Lo que la Iglesia Católica les enseña es simplemente que ellos no deberían ser promiscuos, sino fieles a una sola pareja sexual; la prostitución es una conducta que viola gravemente la dignidad humana, principalmente la dignidad de la mujer, y por lo tanto no debería ser practicada; y los homosexuales, como todas las demás personas, son hijos de Dios y queridos por él como todos los demás, pero deberían vivir en continencia como las personas no casadas. (...)
¿Qué digo yo, como sacerdote católico, a las personas promiscuas u homosexuales que están usando condón? Trataré de ayudarlos a vivir una vida sexual correcta y bien ordenada. Pero no les voy a decir que no usen condón. Sencillamente no voy a hablar a ellos sobre este tema y voy a asumir que si ellos eligen tener sexo van a conservar, al menos, un sentido de responsabilidad. Con esta actitud respeto fielmente la enseñanza católica sobre contracepción. (...)
Igualmente, un hombre casado que está infectado de HIV y usa condón para proteger a su esposa de una infección, no está actuando para hacer la procreación imposible, sino para prevenir la infección. Si la concepción es evitada, esto será un efecto secundario no intencional y, por lo tanto, no influirá en el significado moral del acto haciéndolo contraceptivo. Puede haber otras razones para prevenir contra el uso del condón en tal caso, o para aconsejar la total continencia, pero no se basarán en la enseñanza de la Iglesia sobre contracepción sino en razones pastorales o simplemente prudenciales: el riesgo, por ejemplo, de que el condón no funcione. Por supuesto, este último argumento no se aplica a las personas promiscuas, porque incluso si el condón no siempre funciona, su uso ayudará a reducir las malas consecuencias de la conducta moralmente mala. (…)
Campañas para promover la abstinencia y la fidelidad son ciertamente y últimamente el único remedio efectivo a largo plazo para combatir el SIDA. Por tanto no hay razón para que la Iglesia considere las campañas de promoción del condón como útiles para el futuro de la sociedad humana. Pero tampoco puede la Iglesia enseñar que las personas involucradas en estilos de vida inmorales deberían evitarlos.
(The Tablet, 10/7/04)

Jacques Suaudeau, del Pontificio Consejo para la familia:
Hoy presenciamos los casos de Uganda y Tailandia, donde los esfuerzos nacionales e internacionales para alentar el uso de profilácticos han sido supuestamente exitosos. En el caso de Tailandia, el esfuerzo de las autoridades sanitarias estuvo focalizado en las prostitutas y sus clientes. El uso de condones ha tenido un resultado particularmente bueno para esa gente con respecto a la prevención de enfermedades de transmisión sexual. Sin embargo no es claro si la promoción de los condones en ese país ha tenido o no un efecto en el avance de conjunto del SIDA. El uso de profilácticos en esas circunstancias es realmente el “mal menor”, pero no puede ser propuesto como un modelo de humanización y desarrollo. Tal vez las autoridades de Tailandia podrían haberse preguntado primero acerca de las razones del particular crecimiento de la prostitución en su país. (L’Osservatore Romano, 19/4/00)

Carlo M. Martini:
Cuando pienso en la problemática del SIDA (según la ONU, alrededor de 40 millones de personas están infectadas con el VIH, la mayoría de ellos en África; el mismo informe contabiliza en el año 2006 tres millones de muertos), entran en juego no sólo la medicina, sino también la política y la cooperación para el desarrollo.

Si la Iglesia pudiese hacer que todos esos ámbitos se pronunciaran, planteándoles preguntas y escuchando con atención, se trataría ciertamente de una iniciativa positiva. En el Vaticano se discute sobre la utilización de preservativos, en especial porque la epidemia del SIDA preocupa mucho al Papa. Aun cuando se permitieran los preservativos como “mal menor” en el caso de matrimonios infectados, eso no bastaría.
Esta toma de posición me ha hecho entrar a mí en enfrentamientos. Me he convertido en el “cardeal da camisinha”, como me decía riendo un sacerdote de Brasil. Es decir, el “cardenal del preservativo”. Es así como sobre todo algunos periódicos me colocan a veces bajo sospecha.

A nuestros lectores:

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Sobre la vida

Empecemos por recordar (cosa que no siempre se hace) que con la palabra “vida” aludimos concretamente a la “vida humana” y no a otros fenómenos vitales por más complejos que puedan ser. En este sentido “vida” se opone a “muerte”, muerte del hombre y de la mujer, cuyo preciso momento no es fácil de establecer -como muestra la controversia entre los científicos- pero cuyas consecuencias se manifiestan con certeza en la rápida degradación de todo el organismo.
De manera análoga, que no es fácil establecer cuándo comienza exactamente una vida humana, y sobre todo cuándo podemos llamar “persona” o “individuo” a un ser y considerarlo objeto de derechos y deberes. No obstante sigue siendo cierto que cada huella de vida humana, tanto en estado incipiente como final, merece respeto, atención, veneración. Basta que un ser humano tenga un mínimo de “vida”, que dé alguna señal de actividad vegetativa permanente para que se considere aun “con vida”.

“Dos misterios: el comienzo y el fin de la vida” CRITERIO, Diciembre 2008.

CARLO M. MARTINI

Sobre la democracia cristiana

Todo lo bueno puede ser objeto de abuso, hasta lo más excelso. Cuando se libran guerras ofensivas en nombre de Dios, cuando el cristianismo se utiliza de manera populista en la campaña electoral, saltan en mí las alarmas. Nuestro cristianismo se demuestra primeramente en acciones justas. Jesús nos da ejemplos muy concretos en el discurso del juicio final: dar de comer a los hambrientos, vestir a los desnudos, visitar a los enfermos y a los presos, consolar a los tristes, acoger a los extranjeros, y todas las dificultades relacionadas con esas acciones hasta soportar incluso la persecución. Sería hermoso que los demás pudiesen reconocernos como cristianos en acciones como esas. A la inversa, es espantoso cuando hablamos de Dios y no correspondemos a su atributo principal, la justicia. Desde esa perspectiva veo también la discusión en torno a la pregunta de si la palabra “Dios” debe aparecer en la Constitución de la Unión Europea. Si los gobiernos quieren llegar hasta esa profesión de fe, no deberían dejar de prestar atención a la ecúmene, a la apertura frente a los musulmanes y también frente a los judíos. Nos une la fe en el único Dios, el Dios justo. Si se habla de Dios, tiene que ser en serio. De otro modo, es mejor no poner su nombre en los labios.
CARLO M. MARTINI

miércoles 8 de abril de 2009

Paremos la máquina



viernes 3 de abril de 2009

Editorial Abril 2009: Idas y vueltas de la escuela media

Con el inicio del ciclo lectivo 2009 regresaron los paros docentes y, con ellos, la incertidumbre de cuántos días de clase tendrán los niños y jóvenes. Si se tiene en cuenta que en 2007 se dictaron sólo 100 de los 180 días de clase previstos y el año pasado la cifra creció hasta aproximadamente 125 (gracias a que algunas jurisdicciones recuperaron los días perdidos), puede arriesgarse una lectura algo más optimista para 2009. Este dato no es en sí mismo un indicador de calidad, pero marca una tendencia en cuanto a las posibilidades concretas de que aumente el nivel de aprendizaje. Y si bien la escuela no es una “guardería”, es evidente que muchos padres han decidido enviar a sus hijos a escuelas privadas porque no tienen quién los cuide durante los demasiados días de paros docentes en los últimos años. La especialista Silvina Gvirtz señala que los estudiantes “no pueden aprender catorce materias anuales con cuatro horas al día, con profesores-taxi que van de un lado al otro”. Y advierte que “si el Estado no puede garantizar escuelas con jornadas extentendidas, como en casi todo el mundo, difícilmente se podrá garantizar que los chicos aprendan”.

Desde sus cimientos el sistema educativo argentino tiende a integrar y a dar igualdad de oportunidades a sus alumnos, procurando favorecer el acceso de todos a la escuela básica y, desde este año, también a la escuela media. La matrícula del nivel secundario sin dudas se incrementa con la obligatoriedad (el ministro Juan Carlos Tedesco afirma: “Hasta ahora el nivel medio era selectivo y resultaba más o menos normal tener cinco divisiones de primer año y sólo una del último”), aunque cabe preguntarse si el Estado puede ofrecer garantías de permanencia y de igualdad de oportunidades reales. Tales cuestiones se constatan al analizar los datos relevados por organizaciones preocupadas por la educación en el país y en la región. En 2006 la Argentina participó de las evaluaciones del Program for Internacional Student Assesment (PISA), que miden competencias para la vida y la calidad educativa, con un nivel de referencia establecido en 500 puntos. Todos los países de América Latina obtuvieron resultados por debajo de la media esperada. Chile ocupó el lugar más destacado (438 puntos), seguido por Uruguay (428) y México (410); y detrás se ubicaron la Argentina (391), Brasil (390) y Colombia (388). Al comparar resultados con el informe realizado en 2003 con datos de cuarenta países se advierte una mejora considerable de Canadá (pasó del puesto 11 al 3), además de Alemania, Austria, Dinamarca y Nueva Zelanda.

Enfoquémonos ahora en nuestro país y sus jóvenes. El 8,2 por ciento de los adolescentes argentinos de 15 a 17 años no estudia ni trabaja, según datos del Sistema de Información de Tendencias Educativas en América Latina (SITEAL) difundidos el año pasado. Dicho porcentaje de desescolarizados nos ubica en el quinto lugar entre los 15 países de América Latina estudiados. Bien posicionados se encuentran Ecuador y Brasil (tercer y cuarto lugar, respectivamente) mientras que en el extremo negativo del ranking figura Honduras con el 20,5 por ciento de adolescentes excluidos, precedido por Nicaragua, El Salvador y Guatemala. La Organización Internacional del Trabajo (OIT), a través de su Proyecto para la Promoción del Empleo Juvenil en América Latina (Prejal), también relevó datos vinculados a la deserción escolar y las dificultades para integrarse al mercado de trabajo. Sus estadísticas reflejan que el 57 por ciento de los jóvenes estudia, pero dos de cada tres abandonan la escuela por exigencias laborales. Apenas el 10 por ciento logra estudiar y trabajar. El informe concluye que los jóvenes que no terminaron el secundario son los más vulnerables en el mercado de trabajo. Los índices de repitencia –actualmente del 10 por ciento en la escuela media– y la sobreedad consecuente se han agravado en los últimos años, especialmente en el sector estatal y el ámbito rural.

Otro de los aspectos fundamentales tiene que ver con la evaluación de la calidad educativa, cuyos resultados tampoco son alentadores. Según una valoración realizada en 2006 por el Laboratorio Latinoamericano de Evaluación de la Calidad de Educación, dependiente de la Oficina Regional de Educación de UNESCO para América Latina y el Caribe, los alumnos argentinos se ubican en el sexto lugar en matemáticas y cuartos en ciencias naturales en relación con el resto de los países. Estos resultados sorprenden si tenemos en cuenta que diez años atrás la Argentina había alcanzado el segundo puesto después de Cuba; y hoy es superada también por Uruguay, Costa Rica, Chile y México.

Si dejáramos de lado por un momento las causas económicas y culturales que pueden explicar las diferencias de los aprendizajes entre alumnos europeos, latinoamericanos y argentinos, se podría rastrear más claramente qué sucede en el nivel pedagógico, factor particularmente relevante en el deterioro de la educación argentina.

Aumento en la cantidad de días de clase, consistencia en el diseño curricular y mayores exigencias académicas se constituyen como claves de una deseada mejoría. Si queremos adelantar posiciones en el ranking latinoamericano e internacional han de ser tenidas muy en cuenta, en el marco de las condiciones económicas y de las tradiciones de política educativa y cultural.

Si bien 2009 es el año de la puesta en marcha de la reforma a partir de la nueva Ley de Educación Nacional, no se nos escapa la complejidad de su implementación. El fenómeno de la “masividad escolar”, es decir, de la incorporación intensiva de adolescentes en la escuela, implica un importante cambio de rumbo que desafía al sistema y a los educadores que, en general, no fueron formados para asistir a un universo socialmente diverso.

El modelo de escuela secundaria tradicional, con prácticas estables y una disciplina clara, comienza a convivir con un nuevo modelo social, desconocido, que suele percibirse como invasivo y ante el cual no se delinea una respuesta única. La presencia de lo “social” en el aula trae aparejada la necesidad de reconocer lo diverso, de tomar conciencia de las desigualdades sociales, de apreciar positivamente la diversidad cultural y la pluri-identidad característica de las culturas juveniles, además de los diversos lenguajes y artefactos tecnológicos que invaden el aula y replican allí el mundo exterior.

Muchos docentes perciben este paisaje como expresión de su fracaso en el modo de enseñar. Sin embargo este rico escenario educativo, esta nueva escuela, de hecho asume el rol de agente social: interdependencia entre las personas que quiere formar, promoción de procesos y experiencias educativas, y construcción de otra sociedad por medio de la educación. Todos son elementos inseparables; sesgar algún aspecto significaría reducir la mirada.

Es necesario generar procesos de reflexión y de toma de decisiones que permitan articular la escuela secundaria y la educación superior (universidad y formación profesional superior), abrir el debate sobre los modelos productivos y su articulación con el secundario, fortalecer la escuela primaria y todo el sistema educativo con una verdadera y renovada “educación para la ciudadanía” y “en valores”. Este último aspecto, además, posibilitaría a las nuevas generaciones internalizar pautas sociales, éticas e institucionales para revertir a futuro las reglas de convivencia, potenciando el compromiso con una sociedad democrática que actualmente está perdiendo su cohesión.

Los datos estadísticos de demasiadas aulas del país son signos de que todavía queda mucho por hacer, a pesar de los esfuerzos realizados y del aumento del presupuesto nacional. Si bien se está cumpliendo la Ley de Financiamiento Educativo que fija un incremento del producto bruto interno destinado a educación –llegará al 6 por ciento en 2010–, se presentan caídas en los resultados de calidad educativa debido a una desigual asignación de recursos por parte del Estado nacional. Un estudio presentado en febrero por el Centro de Implementación de Políticas Públicas para la Equidad y el Crecimiento (CIPPEC) muestra que la caída de las provincias grandes en los ranking de calidad educativa se debe a que la asignación de fondos favorece a las jurisdicciones que menos esfuerzos hacen en el sector, y perjudican a las más grandes y urbanizadas, que destinan mayor porcentaje de presupuesto propio a la educación. Santa Cruz, por ejemplo, contó en 2006 con 10.514 pesos de presupuesto por habitante y pagó los salarios docentes más altos del país (a diciembre de 2008, 3.795 pesos brutos para docente inicial por jornada simple) pese a ser la provincia que dedica a educación el porcentaje más bajo del presupuesto provincial (apenas 11,2 por ciento contra 34,3 de Buenos Aires y una media nacional de 23,8). Estos datos inequitativos empiezan a reflejarse en la tasa de abandono escolar, que alcanza casi el 18 por ciento en Buenos Aires y Córdoba, el 19,5 en Mendoza y más del 24 por ciento en Santa Fe.

En este tiempo de debate todos los actores sociales tienen una palabra ante la degradación de la educación argentina y ante la percepción de que se está hipotecando el futuro de las nuevas generaciones. Es urgente comprometerse con la educación como principal motor de cambio y desarrollo en un país que quiere que la equidad y la calidad sean realidades para todos sus ciudadanos.